Lanfear

Lanfear
el nudo incólume de mis pensamientos...

sábado, 9 de octubre de 2010

Esquinas silenciosas.



Una vez rendida al sueño, Quique le acapricia la espalda en un gesto ciertamente amoroso.
Bárbara lleva un tiempo sumida en la duda. Un tiempo de lloros fáciles, de enfados contínuos y de recordar con nostalgia aquellos dulces escalofríos que acabaron convenciéndola para que hiciera las maletas y se viniera a vivir con él. Ya va para dos años de eso.
Ahora ya no le complace el sexo furtivo, pero rutinario, que desde hace ya varios meses viene teniendo con Raúl, el padre de uno de sus alumnos en la academia. Se aburre. No encuentra acomodo en el hacer, ni tampoco en el no hacer. Se le amontonan los silencios, se le escapan las angustias y se le olvidan las sonrisas. Sin saber cómo ni cuándo, a Bárbara se le han marchitado aquellas floridas ganas y se le han emborronado los viejos deseos. Y está como ausente.

A Quique le cuesta horrores entender ese absentismo emocional del que no consigue sacarla ni con un beso intencionado, ni tampoco con otro gesto adusto, o amable. Se pierde en complacerla, reedita en vano antiguas caricias y propone planes en común que desconoce que son imposibles. Últimamente hablamos poco, cariño, y casi nunca follamos. Le repite preocupado, sin recibir otra respuesta de ella que no sea una mirada entre culpable e incapaz.

En cualquier caso, ninguna de esas noches en las que tras el llanto mudo queda a merced del sueño, Bárbara llega a percibir como Quique se echa a un lado y le acaricia la espalda en un gesto de entrega inequívoco, un gesto ciertamente amoroso.

Berrinches.




La niña, porque no es más que una niña de curvas atrevidas, ya es sin embargo mujer de vodkas a las cinco de la tarde, de roces con hombres de galones y necesidades perentorias. También es un pelín inconsciente, bastante rubia, y por momentos simpática.
Es de esas mujeres que se muerden el labio inferior cuando quieren que las quieras, y también de las que se hacen acompañar a todas partes por un pequinés, de esos que se dejan vestir y hacer trenzas en el pelo sin ladrar.

Laura es tan joven y dispuesta, que le sientan bien hasta los moratones que le salen por los golpes que le pega el celoso soldadito con el que se casó, hace ya varios meses y demasiadas discusiones. Ambos no se quieren, eso está claro, pero no cabe duda alguna de que están hechos el uno para el otro. Mientras él mataría por defender su apacible profesión, Laura, que no llegaría al luto si a él le condenaran, sí que echaría de menos sin embargo, esa mirada autoritaria y rendida que él le dispensa cada vez que sus caderas se insinúan a otro hombre o sus pestañas abanican otros sudores.

La otra noche hubo un tiroteo en el "Lumberjack" y Barney, el dueño, ya no pondrá más martinis. Los testigos apuntan a que Laura celebró cada bola extra conseguida en el pinball, bailando descalza frente a Barney las serpenteantes notas que emitía la Jukbox. Sonaba Duke Ellington. Claro.

Exigencias.



El príncipe, guapo a rabiar, le sonríe mostrando la ristra de perlas blancas de su boca. Eres tú, exclama haciendo una grácil reverencia. Voz suave y varonil. Brillantes mallas que le vienen como un guante, marcando gluteos, cuadriceps, gemelos. Pelo sedoso. Aliento fresco. La muchacha harapienta se mira el pie y le devuelve la sonrisa. Demasiado tacón, y el material de cristal no es nada cómodo, pero no hay duda de que es de su número. Y por él no le importaría ir dando todo el día taconazos por el reino. Las dos hermanastras dan un gritito y se abrazan dando saltos. Al principio habían puesto mala cara, pero ahora empieza a seducirles la idea de tener a disposición una habitación de invitados en palacio. La muchacha harapienta sale corriendo - como buenamente puede, pues tan sólo lleva puesto un tacón -, se mete en la habitación contigua y vuelve a salir apenas unos segundos después llevando en la mano un zapato viejo con un par de remiendos, la suela gastada y los cordones rotos. Se acerca al príncipe y, con gesto emocionado y las mejillas sonrosadas, le extiende el ajado zapato. Te toca.

martes, 13 de julio de 2010

Al piso veinticinco, por favor.


Ha amanecido con una congestión nasala de caballo. Estornuda, moquea y no paran de llorarle los ojos. Las noches de noviembre en Brooklin, distan mucho de ser de un templado caribeño y, por no saber decir que no, Baxter ya lleva un par de ellas a la interperie. Castigo divino por su mansedumbre, deduce.

Sin ermbargo, como cada día, hoy también se ha levantado con la misma obsesión que le lleva motivando desde que hace seis años entró a trabajar en una de las compañías de seguros más grandes de todo el país, conseguir ocupar un espacho que quede en un piso lo suficientemente alto como para que su trayecto en ascensor le produzca la sensación de ser interminable. Y es que además de ascender por ascender, a Baxter le encanta la ascensorista, una tal señorita Jubelik, tan dulce y chisposa como los sueños de éxito que él tiene las pocas noches que puede dormir en su propia casa.

Baxter, que por el apellido le conocen los compañeros, vive entre reverencias y síes condescendientes.. Entre cederle su piso como picadero al jefe de personal, brindárselo al director de recursos humanos, ofrecérselo al de siniestros, o reservárselo los jueves por la noche, al de contabilidad y riesgos. Cualquier cosa con tal de mantener maltrecha su escasa dignidad.

Y es que Baxter es tan bueno como tonto, tan tonto como ambicioso, y tan ambicioso como propenso a los resfriados.

Demodé.


La ruidosa estancia ha quedado de repente en absoluto silencio. El repiquetear de las copas y el murmullo animado de la conversación han quedado suspendidos. Todos la miran con sorpresa, y algunos hasta con cierta expresion lastimera. A la señora de la pamela beige se le escapa un Jesús Bendito. El señor del monóculo carraspea. La dama del vestido de gasa con motivos florales se santigua y le dice algo al oído al joven del chaleco de pata de gallo. Martín, el pobre, que nunca se entera de nada, no sabe de qué va el asunto. ¿Qué ha pasado?, pregunta al anonadado caballero de su derecha. Que la chica dice que no tiene Facebook.

miércoles, 16 de junio de 2010

¡ Oh, de las musas tristes!



El escritor empieza a jugar con el bolígrafo que tiene entre las manos. Garabatea dos palabras. Con letra guarra. De ésta que no se entiende. Las tacha y empieza una frase. La tacha y empieza otra. La tacha y empieza un dibujito abstracto de espirales y trazos. Hojea sus notas y subraya alguna reiterativamente, buscando seguir algún hilo. Suelta el boli con desgana y se levanta de la mesa. Coge de la estantería un ejemplar de su último libro publicado y lo abre por una página al azar. “Poema sin rastro de ti”. Lo lee. Es jodidamente bueno. Hasta doler. Cierra los ojos. Se concentra. Intenta evocar la tristeza. (Todo es negro, todo es negro, todo es negro). Se hace un ovillo en la cama. (Todo es negro, todo es negro, todo es negro). Suena un mensaje en el móvil. Da un respingo y se lanza al escritorio a por él. Antes de abrirlo ya sonríe. Puñetera felicidad.

lunes, 31 de mayo de 2010

La piedra.




Ella ha quedado con los brazos en cruz, desparramada entre su propia desnudez. Una sonrisa muda en la boca, los ojos cerrados de pura agotamiento y las sábanas en revoltijo caprichoso por entre sus piernas.
Las primeras luces se filtran ya por las rendijas de la persiana. La noche, en un alarde de insensata complicidad, salió estrellada y tibia, con lo que esta mañana promete ser de una luminosidad hiriente.
La habitación, llena de despojos como un campo de batalla, huele a alcohol eximiente y a alma derrengada.

Él ha abierto los ojos, espeso. Ayer cayó de nuevo en la torpeza de volverle a jurar amor sincero. Y luego follaron. Así que, aturdido aún tras esta noche de excesos y de promesas mentirosas, ha tratado sin demasiado éxito de aliviar su resacosa conciencia acariciando durante un segundo el hombro de la chica.

Ojeroso, se ha incorporado del lecho con cuidado de no despertarla. Quería verla con esa perspectiva que tiene el amante que vence a la traición, con lo que antes de coger la ropa del suelo y salir de puntillas del dormitorio, de pie frente a la cama y en un abrupto e insultante picado, se ha fijado en su rostro enamorado y crédulo.

A punto ha estado de acercarse a ella y escribirle con el dedo en su vientre la palabra adiós, aprovechando las gotas de sudor que la recorren. Pero no se ha atrevido.

domingo, 16 de mayo de 2010

Camas.



Unos de los seres más importantes para entender
nuestro paso efímero por la vida son las camas.

"¿Qué es una cama?", se pregunta la gente que no sabe
lo que es una cama. Para el ojo inexperto una cama no
es más que ese animal cuadrúpedo cubierto con una colcha
que hay en los dormitorios y que sirve para darse un
golpe en el dedo meñique cuando estamos descalzos. Pero
una cama no sirve sólo para eso, la cama tiene un fin mucho
más noble: guardar las pelusas de polvo.

"¿Y qué son las pelusas?", se pregunta la gente que no
sabe qué son las pelusas. Las pelusas son la vida que pasa.
Cuando dormimos, las camas absorben nuestro cansancio
y lo expulsan por abajo, convertido en pelusas. Por eso debajo
de las cunas hay tan pocas pelusas, porque los bebés
no descansan en las cunas. Gritan, lloran, dan patadas...,
pero el cansancio no lo sueltan, se lo quedan ellos. Y luego
se duermen por ahí, encima de cualquier cosa. Por
ejemplo, encima de una abuela... Si os fijáis, las abuelas
tienen el cutis lleno de pelusilla, porque se les duermen
los nietos encima.

No es lo normal, pero se han dado casos de bebés
que se han quedado dormidos varios días sobre una abuela,
y han dado lugar al llamado «efecto algodón de azúcar»,
que es cuando la pelusilla de la abuela se funde con el cardado
y la abuela entera parece un capullito de seda del
que acaba saliendo una mariposa. Ya digo que no es lo
normal.

Después crecemos y nos pasan a una cama normal.
Una cama nido, por ejemplo. Una cama nido siempre decepciona.
Oyes hablar de la cama nido y te imaginas algo
en un árbol. Luego la ves y piensas: «Como no rompa el
edredón de plumas...».

La auténtica cama nido es la del piso de estudiantes.
Más que «nido» es «cama madriguera». Esa cama hecha
por la madre del estudiante el día que lo deja en la ciudad...
y que no se ha vuelto a hacer jamás. Se va convirtiendo
en un amasijo de sábanas, mantas, colchas, CDs de Rock, apuntes... Ahí el estudiante vigoroso
horada una madriguerilla y se duerme agazapado como un
hámster. Esa cama tiene debajo unas pelusas como la barba
de Valle-Inclán, unas pelusas de polvo con denominación
de origen que si las tapizas te puedes hacer un puf.
El estudiante es un ser lleno de vida y cada día que
pasa deja debajo de la cama gran residuo vital de pelusas
de polvo. A veces en la cama del estudiante duerme una
estudiante chica, hacen el coito, y eso supone dosis extra
de polvo.

Pasa una cosa muy curiosa cuando unos estudiantes
hacen el coito en una cama madriguera de estudiante.
Hace ruiditos, «ñiqui, ñiqui, ñiqui...», y se molesta a la
persona que está en la cama del piso de abajo. Cuando
uno está en la cama y se oye a los de arriba hacer el coito,
molesta mucho, pero no porque no te dejen dormir, no.
Molesta de envidia, porque ellos están haciendo el
coito y tú no. De hecho, si tú estuvieras haciendo el coito,
no oirías sus ruiditos y serías mucho más feliz. Los
colchones de agua se inventaron con este silencioso fin.

Aunque no sé qué es peor, si sufrir ruiditos o sufrir goteras.
Lo realmente terrible es una gotera en una litera:
eso significa que tu hermano se ha vuelto a mear.


Conocemos poco las camas y están llenas de enigmas:
¿cómo se hace el colchón de una cama redonda? ¿Se
coge un colchón normal y se tira rodando por una montaña
de lija? ¿Dónde se pone la almohada en una cama redonda?
La verdad, para lo que va a durar ahí...

Ahora, con el futón de Ikea, se ha puesto de moda poner la cama en el suelo.
¿Dónde guarda las pelusas la gente que tiene la cama
en el suelo? Eso tiene que salir por algún sitio. A lo
mejor le hacen una gotera de pelusas al vecino de abajo.

Las pelusas son las escamas de piel, los pelitos..., la
vida que se nos cae a lo largo de un día. Si no las barriéramos,
al final de una vida podríamos reconstruir nuestro
cuerpo otra vez y ser inmortales. Es bonito. Una cochinada,
pero bonito.

¡Fuego!



Entre las tareas asignadas, el sargento José Periáñez, jefe del pelotón de ajusticiamiento, tiene la de matar espías.

En los casi tres años de guerra que se llevan, sólo se ha acribillado a desertores o estraperlistas, de ahí que el inminente fusilamiento del primer espía, sea un acontecimiento que llene de alboroto al pelotón y de orgullo a su sargento, quien a falta de otros caprichos, encuentra verdadero solaz en el encargo de ejecutar sentencias.

Hombre solitario y de mal gesto, del sargento se sabe poco. Su ficha dice, que enviudó tras perder a su mujer en un accidente de tráfico del que él mismo tardó horrores en recuperarse.
Sobre este tema, tabú entre la tropa, se ha especulado mucho, sin embargo. Algunos aseguran que Periáñez estampó adrede el coche contra un árbol, tras haber sorprendido a su mujer, menuda y graciosa como una sonrisa, en brazos de alguien de su entorno; quizá un amigo o quizá un familiar. Del resto de su familia o de su pasado, más brumas que claros.

La semana pasada se condenó a muerte al Barón, un quintacolumnista que llevaba jodiendo la marrana desde casi el inicio de la contienda.
Éste, del que se desconoce su verdadera identidad, es un tipo gallardo, de cara aniñada y ojos verdes que, mientras ejerció de falso oficial, se fue tirando a la mayoría de las esposas del alto mando, siendo precisamente en las alcobas donde se proveía de la información que después pasaba al enemigo.
Hoy, con los ojos vendados y magullado por los palos que le han propinado, permanece aterido a escasos diez metros de la punta del sable del sargento Periáñez, quien le observa inmisericorde y hasta, se diría, satisfecho.

Jarrea. Bajo los capotes caquis, los cinco fusileros que componen el pelotón, se encuentran dispuestos marcialmente y esperan ansiosos la orden de mando. La compañía entera, comandada por los miembros del tribunal togado y el capellán, es testigo mudo del acto. De espaldas al paredón, el Barón tirita y gimotea como un bendito.

Carguen. Grita Periáñez. En el preciso instante en que los cerrojos de los fusiles acatan la orden, el condenado ha levantado la cabeza, hasta entonces sometida por el miedo. La voz del sargento parece que le ha sonado familiar.
Apunten. Prosigue el sargento con el macabro ritual cuando, de pronto, y ante el estupor de la concurrencia, la voz del joven maniatado rompe entre lágrimas el respetuoso silencio que acompaña a la justicia. Pepe. Se le oye decir entre balbuceos. Pepe, coño. Eres tú. Soy yo. Juan. Tu hermano.

Entre sueños y vapor.



Apenas quedan un par de minutos, y una voz metálica y cruel anuncia la inminente partida. Es el ir y venir de equipajes, las estrecheces que forman las prisas, los adioses con la mano. Es la vida sobre raíles.

Él, desencajado por el miedo a la pérdida, alcanza el andén a la carrera. Ella lo ve llegar desde el interior del vagón. Su rostro, mínimamente maquillado, no es capaz de ocultar que anda confusa por culpa de ese, siempre, desconcertante amancebamiento entre el deseo y el remordimiento.

Ambos cruzan la mirada durante un segundo y, antes de que ella decida bajar un instante del vagón para despedirse, no pueden evitar que el recuerdo de la última caricia les provoque una sonrisa de alivio. Ella es mayor que él. Él es más apasionado que ella.

Te ibas sin despedirte. Lo siento. Te quiero. He de irme, me esperan. Por favor, mi amor, quédate.

Y antes de que pueda responderle que no, que su vida está en otro sitio, y que lo suyo sólo ha sido una hermosa locura, el tren se aleja concediéndole una hora más a lo imposible.

Una última hora en la que el hombre intentará echar el resto para convencerla de que es amor lo que les une, y la mujer luchará encarnizadamente contra la sosa razón que vigila su conciencia.

Una última hora más en la que, irremediablemente, habrán besos furtivos, frágiles promesas, y un desenlace más o menos esperado.

Parte el tren y, de repente, el hombre tiene frío. Manos en su gabán, desanda la noche y se aleja de la estación. Cabizbajo y solo, ha de esforzarse por reprimir el llanto, pues se ha dado cuenta de que todas sus esperanzas se han desvanecido en esa hora imprecisa en la que se debaten las despedidas, en esa hora en la que los trenes anuncian su irremediable marcha, y en la que los relojes palpitan emocionados.

viernes, 30 de abril de 2010

Deprimente.





- ¿Es bueno? ¿Mejor que yo?
- Diferente.
- ¿Mejor?
- Más tierno.
- ¿Qué quieres decir?
- Ya lo sabes...
- Explícamelo. ¿Te trato como una puta?
- A veces...
- ¿Y por qué será?



"Los depresivos no quieren ser felices, quieren ser infelices para confirmar su depresión. Si son felices no están deprimidos y tienen que salir al mundo a vivir, lo cual puede ser deprimente."

Siempre gana Goliat.

Misoginia, viene de lejos.



El primero que lo dijo no fue Diógenes el cínico, sino el cíclope Polifemo.

Interrogado por Ulises sobre las razones de su misoginia, Polifemo pronunció el famoso discurso:

"Tener relaciones sexuales con una prostituta cuesta dinero y puede costarte la salud. Tenerlas con una virgen te hace correr el riesgo de que los padres te obliguen a casarte. Amar a tu propia mujer es aburrido. A la ajena, peligroso. A un hombre, repugnante. Yo me libro de todos esos inconvenientes gracias a mi mano derecha".

Y añadió: "Te aclaro, por las dudas, que mi mano derecha no practica el adulterio".

Ulises bromeó: "¿Y tu mano izquierda?".
Polifemo bajó la voz: "No lo repitas, pero soy bígamo".

Las carcajadas del risueño Ulises interrumpieron la siesta de los dioses.

miércoles, 28 de abril de 2010

Biblia.



Siempre me impresionó el alto grado de ignorancia que muchos católicos profesan a la supuesta fuente de su fe, la Biblia. En más de una oportunidad me encontré a mi mismo explicándole a distintos “católicos” distintos versos de sus “sagradas escrituras”. Es gracioso ver la cara que algunos ponen cuando les explicas que por ejemplo en ninguna parte de la biblia se menciona que los reyes magos fueran tres, o que las imágenes de la pasión de cristo, tan vividamente expuestas por Mel Gibson en su película, son en su mayoría imágenes y preconceptos desarrollados en la Edad Media como forma de alimentar el antisemitismo. Punto aparte merece la consideración del rechazo hacia los judíos de una parte de los cristianos cuando el supuesto salvador de toda la humanidad era por sobre todas las cosas un judío.


Por eso en esta entrada me gustaría contar alguna historia que aparece en la biblia y que lamentablemente no tienen mucha publicidad, debido al hecho de que las moralejas que dejan son en el mejor de los casos enormemente perturbadoras.


¿Dónde jugaran las niñas?


Todos conocemos la historia de Sodoma y Gomorra y como su comportamiento pecaminoso llevó a que Dios decidiera redecorar la zona con grandes cantidades de azufre. También sabemos que el único sobreviviente fue Lot y su familia debido a que era bueno a los ojos del señor. Lo que tal vez no es muy conocido fue que cuando los ángeles de Dios vinieron a advertirle, los corruptos habitantes de la ciudad se acercaron hasta su casa y demandaron que entregara a los visitantes. A esto Lot respondió:

“Yo tengo dos hijas que todavía son vírgenes. Se las traeré, y ustedes podrán hacer con ellas lo que mejor les parezca. Pero no hagan nada a esos hombres, ya que se han hospedado bajo mi techo”


Génesis 19-8.



Enorme demostración de la autoridad moral de nuestro protagonista. Es evidente porque Dios decidió salvarlo. Pero la historia no termina aquí. Lot y su familia escapan ya que los ángeles los protegen de la turba, lamentablemente su esposa se convierte en una estatua de sal cuando comete la enorme ofensa de mirar la destrucción de la ciudad cuando Dios expresamente lo había prohibido. Lot y sus dos hijas se radican en las montañas pero pasado un tiempo ciertas ansias empiezan a despertar en ellas.


Entonces la mayor dijo a la menor: "Nuestro padre está viejo y no hay ningún hombre en el país para que se una con nosotras como lo hace todo el mundo.
Emborrachémoslo con vino y acostémonos con él; así, por medio de nuestro padre, tendremos una descendencia".

Esa noche dieron de beber a su padre, y la mayor se acostó con él, sin que él se diera cuenta de lo que sucedía.
A la mañana siguiente, la mayor dijo a la menor: "Anoche me acosté con mi padre; emborrachémoslo otra vez esta noche, y acuéstate tú con él. Así tendremos una descendencia".
Esa noche volvieron a dar de beber a su padre, y la menor se acostó con él, sin que él se diera cuenta de lo que sucedía.
Las dos hijas de Lot quedaron embarazadas de su padre;


Génesis 19; 31-36


Bueno nadie podrá dudar de que esta familia no estuviera unida. Pasemos a las moralejas:


Primer moraleja: No hay nada más sagrado que el respeto por los huéspedes. En cuanto a tus hijas, entrégalas a la fiesta.
Segunda moraleja: Relean el título de la historia.


Sinceramente yo no entiendo el porqué de que junto con los típicos cuentos infantiles, a los niños no se les cuenta la historia íntegra de Lot. Como dirían por ahí es entretenimiento para toda la familia.

Además; ¿no es la biblia la única y verdadera fuente de nuestra moralidad?

martes, 13 de abril de 2010

De los que no son héroes.



Acabo de ver dos gatos asustados salir en franca estampida, y a un niño rubio y pecoso asomarse curioso tras el visillo de una ventana.
Ha sido sólo un segundo, pues una mano de madre lo ha apartado del cristal estirándole del cuello de la camisa.

Tiemblo. Mientras me fijo en que el mediodía está demasiado hermoso para morir, en que apenas sopla el viento y en que quizá si lo hiciere me traería en volandas el eco de las lágrimas de Emy, tiemblo.

Y el miedo me tiene atento. Escucho como en algún lugar piafa nervioso un caballo. Más allá percibo el monocorde compás de una gotera, macándole los tiempos al, de repente, mudo cantar de las chicharras.
Desde dos calles a través, me llega nítido el sonido de la estela que ha dejado el último vecin antes de huir a esconderse en la taberna. He escuchado todas las cancelas de las casas cerrarse de golpe, y he oído a lo lejos el rumor de lo que bien parecía una letanía.

Miro de nuevo hacia la ventana cuyas cortinas vi moverse, y pienso que quizá algún día ese niño rubio hable de lo que va a ocurrir hoy. Quizá lo cuente con ese énfasis que se le da a las historias cuando rozan lo increíble, usando pausas ajustadas y entornando los ojos en un mohín de misterio.
Pensando en ello estoy, cuando las agujas del reloj marcan las doce y el corazón se me detiene, al escuchar como el venenoso silbido del gatillo deja salir la bala.

Tiemblo, tiemblo, tiemblo.

Querer. Querencia.



No se quieren ni mucho ni poco. Tampoco se quieren mal, ni se aburren a cariños. Parece que se gustan, eso sí, y por eso quedan para hacer el amor todos los jueves por la tarde.
Ella prefiere ponerse encima y llevar el ritmo con sus anchas caderas. Como intuye que a él le excita ver cómo se remueve el pelo y se lo enreda mientras follan, de vez en cuando lo hace, exagerando el gesto hasta lo histriónico. También se acaricia los pechos y llega a pellizcarse suavemente los pezones mientras se muerde el labio inferior y mantiene cerrados los ojos. No suele abrirlos porque sabe que él la mira en todo momento, y le da una vergüenza atroz que pudieran cruzarse sus miradas.
Él se acuesta y, sin dejar de observar el más mínimo de sus gestos, la deja hacer hasta que ella acaba corriéndose. A lo más que se atreve, es a agarrarla de la cintura para en cada emepllón arrimársela un poco más a si sexo. Un día se aventuró a darle un par de palmadas en las nalgas, pero como creyó ver un mohín de disgusto en ella, desde entonces no ha vuelto a improvisar nada más.

No hablan. Algún que otro gemido recíproco, pero nunca hablan, como si temieran que el sonido de las palabras quebrara la frágilo consistencia de su extraña relación, tan falta de razones como llena de interrogantes.

Se conocieron hace casi un año, en el metro. A ella se le cayó el bolso y ambos se agacharon a la vez a recogerlo. En ese instante él se fijó en el escote de su blusa, ella lo advirtió, y el rubor les hizo sonreir a ambos. Uno de los dos, ya no recuerdan quién, propuso tomarse un café y, sin saber muy bien cómo ni por qué, acabaron metiéndose mano de forma desbocada en los baños de aquella cafetería. Desde entonces reservan una habitación en un pequeño y moderno hotel que queda a poco más de media hora del centro, todos los jueves por la tarde.

Indiferencia.



El piso de Ángel era pequeño, sucio y olía mal. No es que fuera demasiado viejo, pero todo en aquel apartamento realquilado parecía desgastado, como si una pequeña capa de suciedad se hubiese infiltrado justo por debajo de la superficie de cada objeto.

Tampoco era grande, ni siquiera mediano; un somier oxidado, un escritorio de contrachapado con las esquinas abiertas, dos estanterías apenas cubiertas con revistas viejas y un tubo fluorescente que iluminaba entre parpadeos enfermizos. La cocina conservaba dos fogones ennegrecidos y una nevera cuyo interior presentaba manchas que Ángel no había logrado limpiar. El cuarto de baño apenas dejaba sitio para una mísera ducha sin plato y un servicio minúsculo, tan estrecho y bajo que para utilizarlo casi había que ponerse de cuclillas.

Unos finos rayos de luz atravesaban la única ventana de la casa, puerta abierta a un callejón abandonado donde los yonquis solían terminar las noches espantando a parejas en busca de rincones oscuros.

A Ángel, sin embargo, no le molestaba nada de aquello. Si acaso el papel pintado, azul en sus orígenes, que acumulaba humedades, cucarachas y diversos insectos. Por lo demás, teniendo en cuenta la miseria que pagaba por aquel cuchitril, era perfecto.

Desde la cama hasta la minúscula televisión que tenia encima del escritorio, todo estaba lleno de cajas. Unas veces contenían ojos de muñeca, otras, tapones para tubos de pegamento. La mayor parte del año contenían bolígrafos desmontados, Ángel se sentaba en la cama y los montaba: cogía el canuto transparente, el tubo con la tinta y la punta, introducía uno dentro del otro, colocaba el pequeño tapón en la parte trasera y, finalmente, cubría la punta con el capuchón correspondiente, rojo, azul o negro. Le pagaban a céntimo la unidad, traían las cajas y se las llevaban. Era el mejor trabajo que Ángel había tenido.

Quizás estaba cómodo encerrado en su apartamento porque odiaba a todo el mundo. Blancos, negros, amarillos, mulatos, mujeres, niños, daba igual. Nadie le caía bien, así como no caía bien a nadie. Ni siquiera a él mismo. Las escasas ocasiones en las que se atrevía a mirarse al espejo detenía la vista, casi hipnotizado, en sus ojos vidriosos, su pelo ralo, la extraña forma desproporcionada de su nariz y en las orejas pequeñas, pegadas por completo a la cabeza, que le daban un aspecto inequívocamente desagradable.

En cuanto al sexo, Ángel se masturbaba a menudo; a veces incluso mientras montaba aquellos bolígrafos. Lo hacía lentamente, sin pensar en nada en concreto. Tiempo atrás había intentado practicar sexo con mujeres reales pero ni siquiera pagando había logrado cierto éxito. Llegado un momento tuvo que decidir entre las mujeres y el vino. El vino resultó más barato.

La rutina en el mundo de Ángel era perfecta y sincrónica, apenas interrumpida por las ineludibles visitas al supermercado o por las incómodas inspecciones de su casera, siempre en busca de mayores desperfectos de los habituales. Aquellos minutos en los que esa mujer, sacada directamente de una revista de los años cincuenta, irrumpía en su pequeña burbuja eran interminables; no podía más que asistir impasible a aquella fuerza viviente de la desaprobación, tocándolo todo mientras movía de forma continua los labios, relamiéndose en un tic desagradable.

A parte de eso, y de algún que otro testigo de Jehová ocasional, su mundo estaba reglado, medido y clasificado. Nada entraba. Nada salía.

Hasta aquella noche.

Dentro del catálogo nocturno del piso, Ángel conocía al detalle sus sonidos y ruidos habituales. No eran raros los crujidos de muelles, las televisiones a todo volumen, algún bebé gritando desatendido, grupos de borrachos cantando de madrugada. Los pitidos y frenazos ya formaban parte de una muralla sonora que ni siquiera notaba. Pero una noche, una noche cualquiera del verano, le despertó un grito. Al principio pensó que lo había soñado, quizás una pesadilla, o a lo mejor un ronquido atravesado en la garganta le había espabilado. Luego, aun medio dormido, escuchó un fuerte golpe y la voz de una mujer, desgarrada por el miedo, gritando.

Las paredes del edificio eran finas, casi de papel. Tardó unos segundos en decidir de dónde venía todo aquello. Un fuerte golpe sacudió el techo sobre su cama, moviendo los tubos fluorescentes y arrancando una pequeña esquirla de escayola.

—¡No! ¡No! ¡Nononononono!

Escuchó con claridad retahílas de negaciones, de perdones, de súplicas, y, a cada una que terminaba, de nuevo un golpe o una palmada fuerte.

Eso le molestó profundamente. Aquella situación era claramente una digresión en su rutina. Necesitaba dormir lo suficiente para lograr su cupo de bolígrafos diarios. Era una total falta de respeto. Dudó entonces si golpear el techo con la escoba, esperar a que terminara la situación o subir al piso de arriba para pedir explicaciones.

Decidió esperar. Al fin y al cabo, no tenía ganas de enemistarse con un vecino. La sola posibilidad de discutir con otra persona, de establecer cualquier tipo de relación, aunque fuera una mala relación, le enfermaba.

Un último chillido, más agudo que los anteriores, se quebró con un crujido que volvió a retumbar en la habitación, sacando pequeñas nubes de polvo de entre los rincones de la talla. Se hizo el silencio.

Ángel durmió profundamente.

Durante la semana siguiente la situación se repitió un par de veces, pero nunca su duración logró que Ángel se planteara abandonar el refugio de la cama. Al final, aquellos gritos y golpes pasaron a la clasificación y orden habitual de la casa. Todo en su sitio. Todo medido.

Hasta que por fin, dejaron de repetirse. Ángel no fue consciente de aquella desaparición de molestias, así como ya había dejado de ser consciente de su existencia. Al menos hasta que apareció la mancha.

En el piso de Ángel la humedad era constante, levantaba y rizaba las tiras de papel pintado, dejando al descubierto el cemento arenoso que cubría las paredes. Así que cuando, justo encima de su cama, apareció un rodal oscuro en el techo, no se preocupó demasiado.

Días después la mancha seguía creciendo. Ya no era un rodal, sino una especie de elipse irregular que ocupaba gran parte del techo. Y no sólo el techo, de aquella oscuridad se extendían zarcillos, como venas podridas, que llegaban hasta las paredes, y hasta bajaban por ellas, hinchando aún más el papel pintado.

Si alguien del piso de arriba se había dejado un grifo abierto o montado una plantación de marihuana, desde luego que no era culpa suya. Así que, no sin muchos recelos, descolgó el teléfono y realizó su primera llamada en años. Su casera accedió a revisar el piso. Ángel colgó y contempló la mancha, sucia y silenciosa, creciendo sobre su cabeza.

Ese día no llegó a su cupo de bolígrafos.

Lo primero que hizo la casera al entrar en el piso fue arrugar la nariz.

—Aquí huele a podrío —dijo, esquivando las cajas de Ángel—. ¿Qué tienes, un gato muerto escondío por ahí o algo?

—Yo no, no —tartamudeó Ángel—, no tengo a-animales, seña Luisa. Ya-a lo sabe.

La mujer sacudió la cabeza.

—Pos has de ser tú. Eres el único que me queda en el edificio, tos los demás ya se han ido. ¿Ande dices que está lo del techo?

Ángel señaló la mancha, ahora ya sin forma definida, que les acechaba sobre la cama.

—¡Virgen del amor hermoso! —dijo la casera, santiguándose— ¡Chiquillo! ¿porqué no me has llamao antes? Vamos a tener un tubo reventao o algo...

Sin decir nada más, la mujer abandonó al trote el piso y embocó las escaleras para subir al piso de arriba. Ángel consideró seguirla, pero se limitó a acercarse hasta el dintel de la puerta. Si había un escape de agua tendrían que venir obreros para abrir el techo, y eso retrasaría su producción de forma considerable.

Escuchó las llaves de la casera girar en la cerradura, el quejido de la puerta al abrirse. Luego los pasitos cortos de la mujer al entrar, Ángel siguió su recorrido en su propio piso. Escuchó un chillido y luego de nuevo los golpecitos animalescos al trote de vuelta a la puerta. A los pocos segundos la mujer apareció en el umbral, tenía el rostro hinchado y boqueaba como un pez fuera del agua, buscando desesperadamente el aliento.

—¿Qué sucede? —preguntó Ángel, mientras trataba de sujetarla.

—¡Un muerto! ¡Ay, Dios mío! ¡Qué olor a podrío! ¡Ay Dios! —la mujer hablaba aspirando el aire hacia dentro, sonando como una sordina medio rota.

Ángel acercó una silla y le ayudó a sentarse. Entró en la cocina para llenar un vaso de agua. Muerta, pensó, recordando los gritos de mujer, los golpes, las súplicas, muerta ahí encima. Pues ahora no va a venir gente ni nada, policía, bomberos, ambulancias... En su mente empezó a formarse una imagen dolorosa, decenas de personas corriendo arriba y abajo, entrando y saliendo de su casa, haciéndole preguntas, ¿Escuchó usted algo inusual? , ¿Qué hay en esas cajas?, ¿Es que no notó el olor?

Lo peor de todo es que en realidad no lo había notado. Se había acostumbrado al hedor tanto como a las cucarachas, la taza minúscula y los tubos fluorescentes. Terminó de llenar el vaso de agua y salió de la cocina.

La casera seguía sentada. Tenía el rostro torcido y la lengua, de un asombroso color morado, le asomaba entre los labios. Los ojos se le habían puesto blancos y se agarraba el brazo izquierdo. Ángel observó que tenía las piernas muy tiesas y que se había ensuciado encima. Volvió a la cocina y dejó el vaso de agua sobre la pila. Luego cerró la puerta de la casa, agarró la silla, con la casera todavía encima, y la arrastró hasta la ducha. Acomodó su cuerpo como pudo tras la vieja cortina de plástico y abrió el agua. Dejó que corriera un buen rato.

Durante el día siguió montando bolígrafos, llenando cajas y cajas de ellos; las precintaba con celo y las amontonaba cerca de la puerta. Por las noches veía la televisión, con la esperanza de que las imágenes en la pantalla borraran las penumbras de su habitación.

Un día la mancha volvió a cobrar forma. Un perfil negruzco más intenso que el habitual marcó una silueta humana. Al mismo tiempo, debido probablemente a la acumulación de líquidos, la mancha cobró cierto volumen. Ángel se preguntó cómo sería aquella mujer muerta. O cómo habría sido. Si habría tenido los pechos grandes, el pelo largo; si habría sido complaciente o dulce. Imaginó que era una inmigrante, mulata, con un buen culo que agarrar.

Una noche empezó a masturbarse pensando en ella, mirando la silueta que la descomposición marcaba en el techo.

La casera muerta, por el contrario, no le animaba lo más mínimo. Su degradación fue muy rápida, se redujo a papilla en poco tiempo y fue desapareciendo por el sumidero de la ducha. Ángel abría todos los días el agua durante una hora, y luego echaba encima del cuerpo todos los productos de limpieza que tenía, salfumán, lejía, detergente... El único problema era que le daba vergüenza ir al baño delante de aquella mujer. Se aguantaba todo lo que podía hasta que el dolor se volvía insoportable. Notaba su mirada desaprobadora tras la cortinilla de plástico.

El repartidor de cajas le dijo que o arreglaba lo del olor o no volvía. Ángel sonrió y mintió acerca de unas cañerías rotas. Aunque su rutina no era la misma de siempre se encontraba mejor que de costumbre.

Dejó de contar los días y casi de bajar a por comida. Salía lo justo para no morir de inanición. Su producción de bolígrafos bajó. Perdía mucho tiempo masturbándose, tanto que empezó a notar cómo se le inflamaba el pene. A veces, incluso le sangraba. No podía evitarlo, estaba enamorado. La mancha preñada de mujer le obsesionaba, dormía con ella, se despertaba con ella. Le acompañaba en su trabajo, en su comida, en su vida.

Cuando reventó el techo, Ángel dormía. Dos meses de putrefacción, líquidos y huesos por fin se habían infiltrado tanto en la obra que esta no pudo aguantar más. Se desplomó sobre Ángel en un último beso, una lasciva caricia de muerte inesperada. Gusanos, moscas, tábanos y escarabajos cayeron, como un torrente, sobre las cajas llenas de bolígrafos.

Ángel acabó aplastado bajo escombros y gusanos. Una viga de madera carcomida seccionó las piernas casi por completo, sentía el dolor como algo abrumador, ocupando cada milímetro de su cuerpo. Pero tenía que verla, tenía que despedirse. Alcanzó a reconocer el cadáver, casi exclusivamente compuesto por huesos, entre un montón de gelatina verde y marrón que había caído justo a su lado, sobre la cama.

En su agonía trató de moverse, luchó cada centímetro de espacio para acercarse a su amante imaginaria, hasta que por fin contempló los huesos, esos apetitosos y dulces huesos, dentro de unos pantalones de pinzas, bajo una camisa a rayas, rellenando unos zapatos de caballero y una americana gris. Tocó, desesperado, los restos de una corbata sucia y mugrienta.

Ángel murió pensando en caseras muertas y mentiras, en amores imposibles y contradicciones. En penes.

Para su sorpresa, sólo se sintió ligeramente disgustado.

Le habría gustado terminar con los bolígrafos a tiempo para la próxima entrega.

Películas.



Marie sostuvo la tapa de alcantarilla. Era de las viejas, llena de óxido y con el dibujo borrado, mientras Jean, con su traje de neopreno oculto bajo un mono vaquero, comprobaba que la escalerilla de servicio estuviera en buenas condiciones. No era la primera vez que alguno del grupo elegía esa entrada, pero en ese tipo de construcciones, con más de cien años de antigüedad, había que tomar el máximo de precauciones.

—Todo correcto —dijo Jean, tras hacer presión sobre las primeras barras metálicas incrustadas en el cuello de la alcantarilla—, resistirán sin problemas.

Las luces doradas del alumbrado urbano apenas alcanzaban para distinguir nada en la oscuridad. El barrio, si es que podía llamarse así, hacía tiempo que estaba dejado de la mano de Dios. Edificios de corte chabolista habían sustituido a otros más antiguos utilizando parte de las viejas fachadas en el proceso, fagocitándolas como una bacteria hace con otra. Marie encendió el foco de su casco, lo mismo que Jean, convirtiéndose, por un momento, en mineros preparados a la búsqueda de tesoros enterrados, ahuyentando, tras sus luces blancas, la desagradable realidad de la superficie.

Los primeros tramos de toda exploración resultaban monótonos y aburridos. Lo que atraía a Marie a la catafilía, a explorar los intestinos ocultos de las ciudades antiguas, era la sensación de compartir, por un momento, el secreto y el misterio, aquello por lo que, en otros tiempos, alguien había construido pasadizos y bóvedas, todas ellas ocultas y a la vez tan cercanas al resto de ciudadanos, ignorantes de aquello escondido bajo sus pies. Así que los tramos de alcantarillas, todos ellos perfectamente dispuestos en los planos municipales, construidos con una lógica burócrata y rectilínea, no hacían más que aumentar la ansiedad por llegar al verdadero recorrido, a la entrada secreta, al lugar donde los monstruos urbanos escondían sus leyendas.

Caminaron junto al riachuelo lleno de basura que desaguaba aquella zona, no hablaron mucho, si acaso para comprobar el equipo o los transmisores. Una hora más tarde, hartos ya del mismo paisaje de ladrillos ahumados, llegaron a la entrada. Otro grupo de catáfilos la había descubierto en 1977 gracias a un derrumbe fortuito. Era un agujero, lleno de escombros y aparentemente cegado, de medio metro de diámetro. En realidad no había más que cuatro piedras y algo de arena, lo suficiente para que nadie, si es que alguien se aventuraba allí abajo, le dirigiera un segundo vistazo. Apenas tardaron en liberar el agujero.

El túnel al que accedieron brillaba con un tono dorado debido a las arcillas con las que estaba cubierto. No era muy alto y serpenteaba a izquierda y derecha, creando revueltas y penumbras.

—¿Cuál será la primera sala? —preguntó Marie.

Jean rebuscó en el mono y extrajo el mapa que les habían dejado. En realidad no era más que un bosquejo, cuatro líneas mal escritas con flechas a izquierda y derecha, en cuanto encontraran una sala interesante ellos mismos completarían el mapa para el siguiente grupo.

—La sala del Chartreuse —dijo Jean, volviendo a guardar el mapa—, yo ya he estado allí, pero llegando desde el norte. Apenas pudimos seguir más allá, así que tenemos mucho por explorar.

Siguieron el túnel diez minutos más antes de que, tras otro agujero, excavado ahora en piedra gris, llegaran a una sala más grande. Las paredes y el techo estaban desbastados sin mucho arte, lo suficiente para que cobraran forma, pero lo que daba fama y nombre, a aquel rincón, era un recipiente de piedra maciza, grande como la pila bautismal de una catedral, llena de agua, un agua que reflejaba la luz de los focos en tonos de esmeralda, verdes y amarillentos, como el color del licor del que tomaba nombre.

—¿Alguien te ha explicado para qué utilizaban esta pila? —preguntó Marie, acariciando la piedra, sintiendo el frío que desprendía.

—No está muy claro. Dicen que servía como aprovisionamiento de agua para los ladrones que se escondían en los túneles, o para los trabajadores de las galerías talladas más al norte. Incluso se comenta que podría ser una pila satánica o algo así.

Marie sonrió burlona. Las leyendas sobre los túneles y las sectas eran famosas, sobre todo para ahuyentar a los fanáticos como ellos de los túneles inseguros. Aunque, de vez en cuando, encontraban restos de velas o grafitis, nunca, ningún grupo, se había topado con adoradores del diablo. Con parejas en busca de intimidad, sí, y eso, en ocasiones, podía resultar tan peligroso como la peor de las sectas.

Hicieron fotos de la pila y de las entradas y salidas, tenían previsto hacer un tour virtual y luego subirlo a la página web en la que colaboraban, todo un paraíso para catáfilos de cualquier parte del mundo.

Jean señaló una abertura, esta vez porticada, con un marco tallado en piedra, y marcó su posición en el mapa. Llevaba un GPS, aunque sabía que, en cuanto bajaran unos tres metros más, dejaría de funcionar. Marie confiaba más en una vieja brújula militar comprada de segunda mano, sabía que funcionaría en cualquier parte y no tenía que preocuparse de ella.

El siguiente túnel tenía las paredes pulidas, incluso, en algunos tramos, hasta podía distinguirse un trozo de cenefa o las marcas de puertas jamás construidas, pero planificadas por alguno de los arquitectos del submundo. En teoría toda aquella zona había formado parte de un proyecto religioso, bajo la supervisión de la orden de los cartujos, pero la revolución había dado al traste con la construcción, fuera cual fuera. La siguiente sala llegó antes de lo previsto, quizás el tiempo se hacía más rápido allí abajo, libre de otros seres humanos a los que dedicar su atención.

—Ten cuidado —dijo Jean, unos metros más adelantado que Marie—, parece que hay piedras sueltas. Un derrumbe o algo parecido.

Aquello parecía una gruta, las luces de los dos catáfilos alumbraron una sala de apenas metro ochenta de altura, sostenida por cuatro grandes pedazos de roca que habían dejado sin excavar. El suelo, como había dicho Jean, estaba lleno de piedras sueltas, incluso algún ladrillo cocido, pero, y esa era la principal preocupación, el techo parecía intacto. Si era algún derrumbe, tenía que venir de una pared.

Registraron la sala en busca del origen de aquellos escombros, si la siguiente salida estaba cegada, tendrían que volver atrás para encontrar otra ruta.

La mayor parte de la pared sur parecía frágil. Ladrillos y rocas a punto de desmoronarse, rodeando una forma rectangular, de tamaño parecido a las puertas que habían visto en el túnel anterior.

—Fíjate —dijo Marie, tocando la pared—, parece que está a punto de caer todo este trozo.

Jean se acercó y, sin mucho esfuerzo, arrancó parte de los ladrillos, que parecían embarrados, para dejar al descubierto un trozo de pared pulida.

—Parece que hay alguna corriente subterránea de agua —dijo Jean, palpando el barro que había descubierto—. Le habrá costado bastante romper la pared a base de humedad.

Marie quitó un par de ladrillos más.

—¿Y si ha roto algo más? —dijo, sonriendo de anticipación.

Toda la parte inferior de lo que debía ser una puerta cayó con los últimos ladrillos. No había más que un palmo de altura, pero los dos notaron una pequeña corriente de aire que salía de allí, aire fresco, no viciado. Eso sólo quería decir que habían encontrado la entrada a un túnel nuevo, o una salida desconocida a un túnel registrado. Con un par de golpes más lograron ensanchar el agujero.

—¿Quieres ir delante? —ofreció Jean.

Marie lo pensó unos segundos.

—Mejor vas tú, por si nos espera el escondite del hombre verde, o del ladrón sin cabeza.

—Qué graciosa —bromeó Jean, mientras desaparecía al otro lado, arrastrándose por el barro.

—¿Qué hay ahí? —dijo Marie, impaciente—. ¿Otra sala?

Jean tardó un poco en responder.

—No te lo vas a creer. Ven, tienes que verlo tú misma.

Marie se arrodilló junto a la puerta y se deslizó lo mejor que pudo bajo la piedra. Al otro lado la linterna iluminó unas pequeñas puertas de madera abiertas y unas tuberías metálicas. El suelo era de azulejos y estaba encharcado. Jean se agachó para ayudarle a salir. Tenía razón, no se lo podía creer.

Acababa de salir de debajo de un fregadero. Estaban en una cocina.

—¿Una cocina? —susurró Marie—. ¿Nos hemos metido en el sótano de alguien?

Jean estaba perplejo, no paraba de iluminar la habitación, revelando alacenas, armarios, pilas y hasta una nevera.

—No lo entiendo —dijo al final—, hace un buen rato que mi GPS no marca nada, y no hemos parado de bajar desde que entramos en los túneles. Debemos estar a unos nueve o diez metros bajo la calle.

—¿Y entonces esto qué coño es?

—No tengo ni idea. No había oído hablar de nada parecido.

Marie señaló la pared del fondo.

—Allí hay una puerta —dijo.

—¿Qué quieres, que la abramos? —protestó Jean—. ¿Tú estás loca o qué te pasa?

—No he llegado hasta aquí para quedarme delante de una puerta, la verdad.

No estaba cerrada. Marie apagó la luz del casco, encendió una linterna más pequeña y alumbró un poco, todavía desde la cocina. Abrió la puerta del todo y desapareció, seguida por un Jean nervioso y asustado.

Todo lo que podían ver era un montón de butacas rojas y poco más, si acaso otra puerta cerrada, esta vez de metal.

—Aquí no hay nadie —dijo Marie, encendiendo la luz de su casco.

El fondo de la habitación brilló con luz blanca, reflejando la de Marie. Era una pantalla de cine.

—Hay un interruptor —dijo Jean, todavía junto a la entrada.

Un resplandor suave iluminó la estancia, todo un ejemplo de luces indirectas escondidas en el techo. Las butacas estaban dispuestas como en un minicine, pero separadas entre ellas y con unas mesas de plástico en medio. Junto a la puerta metálica encontraron un armario que, aparte de botellas de vodka y coñac, guardaba un reproductor de DVD y un mando a distancia. Dos cables subían por la pared hasta un proyector de video camuflado frente a la pantalla de cine.

Marie trató de abrir la puerta metálica, pero estaba cerrada con llave.

—Parece que hemos encontrado el escondite de un club secreto —dijo Jean, algo más tranquilo, mientras trasteaba con el DVD—, seguro que un montón de ricachones vienen aquí para librarse de sus mujeres. Beben un rato, fuman sus puritos y se hartan de películas porno.

—Pues me da escalofríos —susurró Marie.

El proyector se conectó con un ruido seco, llenando la pantalla blanca con un azul intenso, casi doloroso a la vista, mientras se calentaba la bombilla.

—¿Qué haces? —gritó Marie.

—Nada, quiero ver el tipo de porno que ven estos tipos. Curiosidad de catacumba.

El proyector hizo otro ruido y empezó a mostrar imágenes. Jean se apoyó en una de las butacas, mientras Marie negaba con la cabeza.

—Eres un guarro —le recriminó.

*******

Los hombres vestidos con trajes de cuero, cuyas costuras, burdas y gruesas, parecían atravesarles piel, carne y músculos, acariciaban a la mujer muerta con lentitud lujuriosa, moviéndose al ritmo de insectos, moscardones verdes de los que acuden a la putrefacción, actuando con reverencia, todo bajo la mirada perdida, ausente en los rincones rojizos de aquella bóveda subterránea, de otro hombre, desgarbado, calvo, de manos ensarmentadas y uñas anormalmente largas, que, enfundado en un abrigo negro, parecía prestar más atención a la penumbra que a la escena, demencial pero de coreografía intachable, que parecía, por momentos, interminable.

Las imágenes eran viejas, rodadas en un blanco y negro de tintes amarillentos, con los bordes quemados y llenas de raspaduras blancas que cruzaban fotogramas de parte a parte, provocando estallidos de luz blanca incapaces de expulsar a las sombras de la sala de proyección, donde la oscuridad se había vuelto tan densa que hacía difícil hasta respirar.

Jean hacía tiempo que había cerrado los ojos, pero aún así la película le traspasaba los párpados como un hierro al fuego, grabándole en el cerebro cada caricia obscena, cada centímetro de aquel cuerpo muerto. Quería que aquello parara, pero estaba paralizado. No ya tanto por el miedo como, y eso le carcomía el alma, por una extraña fascinación, un hechizo que le impedía tanto moverse como abrir los ojos.

Hasta que apareció.

Parpadeó. Los hombres de cuero seguían su baile sobre el cadáver, ajenos a la realidad que los rodeaba, pero el otro hombre, aquel de aspecto ajado, miraba por encima de ellos, hacia algo ajeno, diferente, que se escapaba de su campo visual cada vez que trataba fijar la vista, deslizándose, como una gota de mercurio caliente, entre el párpado y el ojo, dejando una sensación de escozor insoportable.

Poco a poco, con la lentitud de la marea, ese algo creció, ocupando la pantalla entera, proyectando su propia luz, despellejando la conciencia de Jean, limando su alma, aplastando, con suavidad, sus sentidos; no escuchaba ni veía nada. Si acaso sentía frío, entumecimiento, distancia, los latidos de su corazón, aumentando de ritmo, subiendo por su garganta hasta casi ahogarlo.

Se despertó tirado en el suelo enmoquetado, de olor a cenizas y a güisqui, con la boca llena de bilis, la garganta en carne viva y los ojos tan hinchados y doloridos que apenas podía abrirlos.

La pantalla brillaba con una luz azul brillante, todo lo que se escuchaba era el zumbido del proyector de vídeo; Marie estaba a su lado, en el suelo, con el rostro ensangrentado y los ojos arrancados, clavados, como un trofeo, en la punta de sus dedos. Estaba muerta. Jean lo supo nada más verla, brillaba, con cada parpadeo cambiaba de forma, se descomponía allí, junto a él, perdiendo piel y carne, convirtiéndose en un esqueleto amarillento, manchado.

Salió de allí a la carrera, en busca del derrumbe por el que habían entrado hacía sólo unos minutos. El agujero en la pared parecía más pequeño que antes, los ladrillos viejos y las rocas le arañaron el cuerpo, dejando rastros carmesíes, heridas abiertas para que recordara aquel lugar.

Llegó al túnel, el estrecho paso excavado en roca que llevaba desde la Fuente de Chartroise a la Cámara del Dragón, todo salas y recovecos, esquivos y equívocos caminos a seis metros bajo el viejo Paris, refugio antiguo de ladrones y sacerdotes, de bohemios y cadáveres, amantes, fotógrafos excéntricos, fugitivos.

Jean lloraba. Notaba las lágrimas en su cara, arrastrándose por las mejillas, acariciándole el mentón antes de caer, sin control alguno por su parte. No pensaba en Marie, no pensaba en él; lloraba sin más, se dejaba llevar, lo mismo que se arrastraba a trompicones por aquellos túneles por los que tantas veces había tratado de encontrar secretos y maravillas bajo la luz de su linterna.

Así que corría, caía, lloraba y, sin aliento, trepaba por rocas sueltas y corredores cubiertos por los huesos de aquellos que, sin tumba propia, habían sido utilizados para cubrir capillas nuevas bajo catedrales antiguas. Recorrió calaveras y clavículas, corrió entre columnas construidas con brazos y, a cada paso que daba, notaba la presencia, sentía cómo, sin remedio, un pedacito tras otro de muerte se le metía bajo la piel, abriéndose paso hasta sus venas, recorriéndole el pecho y llegando al corazón en forma de latidos pegajosos.

Contuvo nuevas arcadas que le llenaban la boca de bilis y trató de orientarse. La red de túneles bajo Paris era inmensa, con distintos niveles y orígenes, pero todos conectados. Marie le había enseñado a moverse allí debajo, a ser amante de los paisajes prohibidos y las catacumbas. Pero ella estaba muerta. Y él notaba que se le rompía el alma.

No siguió ningún camino, senda o señal. Se arrastró, guiado sólo por el instinto y la desesperación, hacia arriba, hacia el aire fresco, siempre al túnel que parecía reconocer, el que no le hiciera volver a aquella sala donde la muerte soñaba y era soñada por otros.

Metal retorcido, escalera hacia el cielo. Jean iluminó su esperanza en forma de alcantarilla. Veinte peldaños, sucios y olvidados, que nunca habían parecido tan hermosos a ojos de nadie como a los suyos. Trepó, subió tan deprisa como pudo hasta llegar arriba, empujó, peleó con la tapa de hierro que le impedía salir. Logró apartarla. Escapó de la oscuridad, ensangrentado, sucio y condenado.

Fuera llovía.

Las gotas eran negras, caían con fuerza y golpeaban como pequeños alfileres; el viento llegaba a oleadas, caliente, húmedo y maloliente.

Arriba las nubes se movían deprisa, entre muros color sangre, altos como catedrales, que parecían extenderse hasta el infinito, mezclados unos con otros, conectados a través de puentes, arcos o contrafuertes.

Jean trató de alejarse de la alcantarilla, pero no sabía dónde ir, allí, bajo la lluvia negra, se sentía más perdido todavía que antes. Cada parpadeo era un suplicio, notaba cómo si tuviera una aguja al rojo vivo justo detrás de cada ojo, tratando de salir al exterior con cada lágrima, clavándose más y más, rasgando, perforando.

Caminó sin rumbo, buscando refugio junto a los muros de piedra, cubriéndose de la lluvia, hasta que encontró, de nuevo, escaleras, peldaños excavados en la misma roca que subían, en un zig zag desconcertante, hasta las alturas plagadas de caminos entre edificios. Parecían catedrales a las que un filo gigante hubiera cortado por la mitad, dejando a la vista secciones y altares convertidos en potros de tortura, recubiertos de cadenas y palancas.

Subió hasta ver las bóvedas estrelladas y los arcos acabados en lanzas que marcaban puertas cegadas por toneladas de roca sin desbastar, cruzó pasillos suspendidos en el aire en arquitecturas imposibles. Lloraba sangre mezclada con lluvia. No tenía hambre ni sueño, suyo era el don de la vigilia. Se abandonó al camino.

La última puerta que encontró, exenta, bajo una cúpula sencilla de ladrillos, parecía construida en pizarra, negra, fría. Jean sintió por fin el cansancio, las piernas le fallaron y cayó sobre el suelo; no sintió mas que entumecimiento. Los ojos volvieron a sangrarle con fuerza.

Escuchó un rumor, el roce contra la piedra de algo que se arrastraba. Alguien le tocó, pero Jean no podía ver nada. Pronto llegó una caricia. Luego otra. Algo removía su alma allí bajo la puerta negra. Le limpiaron los ojos. Le besaron.

Allí estaba el hombre calvo de manos retorcidas, junto a él los hombres con trajes de cuero ejecutaban su elaborada coreografía, amándole, susurrándole secretos al oído, despojándole de los últimos vestigios de su humanidad.

La muerte se escurrió lentamente fuera de él, atravesó a los hombres, rodeó la puerta, ascendió a la cúpula, desbordó las murallas, ocupó el horizonte.

El hombre calvo sonrió.

Jean respiró profundamente antes de morir, en el suelo enmoquetado, junto a Marie, bajo los últimos fotogramas decolorados de una película soñada.

Sueños (de ésos rápidos y deshidratados)



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definimos el amor, por norma, en binario

.

Me quedé a oscuras

Esperándote
.

Araña de la red que me atrapas

En tu página de sex for free

Eres sucia pero me gustas

Dulce araña sex for free

Sex for free

Sex for free

Ay como te agarre
.

A veces sueño con ovejas eléctricas

y androides que han estado más allá

de Orión.

A veces sueño contigo en un flash

de neón blancoynegro, color imaginario

y me despierto abrazado a un fantasma

unos y ceros de transferencia interrumpida


Sueños de androide

para humanos eléctricos
.

A 1 le falta 0 para ser binario

y programarse una rutina sexy

que dure un nanosegundo de amor

en la CPU

.

Alguien murió dentro de la RV

y me pregunto si quedó allí su alma

castillo encantado de arquitectura

extraña, en una isla perdida

de los mares de Java
.

Download

Download me

Eres el destino, arriba esperas

que te toque

y te baje a mi cama

y te haga olvidar todas esas noches

Download

Download me

escucho como gritas

y llorando cierro las ventanas

de dentro

y abro

las de fuera

Miau.



Miau, dijo, como todos los gatos. Lo hizo con cariño porque era una gata sencilla, pero en sus dos ojos felinos podía adivinar un amor, gatuno, por supuesto.

Desde lo alto de un viejo muro fantasmagórico me observaba, y yo, desde un suelo de lo más común, no podía apartar la mirada.
Reina de los gatos -pensé-, enséñame tus senderos secretos, esos caminos que te hacen desaparecer por la ciudad y robar a los niños sus sueños, lugares que no existen seguidas por las rutas de lo inexplicable. Llévame aunque sólo sea un momento a través de las paredes, de las puertas tachonadas, de los puentes.

Hola. Me dijo una voz que de mujer era, al desaparecer la gata tras un salto imposible.
Ven conmigo. Sonreí. ¿Sería ella la gata, transmutada, transformada, reconfigurada por magia increíble, en mujer de carne y sangre? La dama tenía la mirada brillante, el caminar de ronroneo, los gestos de penumbra y misterio como reclamo. Decidí correr tras su sombra, esquivando farolas y otras luces amarillentas. Siguiéndola giré tres esquinas hacia la izquierda, crucé una avenida cubierta de árboles preñados por palomas, bordeé dos fuentes sin agua y bebí de la ciudad como nunca antes lo había hecho. De vez en cuando me decía ¡Mira!, ¿no es maravilloso?, y lo que antes parecía sucio y abandonado relucía con el encanto de la pura maravilla; otras veces se detenía y cantaba canciones sin letra aque parecía inventarse por el camino, encantando a mendigos, gatos y ladronzuelos. ¿A dónde me llevas?, le preguntaba y ella se reía iluminando callejones con su sonrisa.

Así que caminé con rumbo desconocido, incluso con viento en contra, siguiendo sus pasos de gatamujer, de sueño, de pesadilla suave, durante toda una noche de Sherezade. Persiguiendo el mito de la reina de los gatos, con ojos verdes, gata, gatuna gatomaquia, miau, ojalá dejara en mi espalda sus garras marcadas.

Pero al despuntar el alba, como en todos los sueños, me dormí de nuevo mientras caminaba tras ella en dulce procesión. Y al despertar o dormirme, al mentirme o creer, como sólo los niños hacen, alcancé a ver una gata, preciosa ella, que se alejaba hacia el sueño otra vez. Dejándome allí, con calor en el cuerpo, el secreto de cien calles secretas, una noche extraviada entre silencios y una marca de carmín en la mejilla pintada con recuerdos.

Isis y el velo.



Sin duda, los labios de Amanda poseían la extraña cualidad de enfermar a los hombres, volverles locos, ausentes, noctámbulos, bohemios; con sólo un beso, una palabra susurrada o una risa cómplice, barones, mafiosos y buscavidas sin patria sentían hervir la sangre por sus venas y adquirían, sin remedio, una extraña sensación de vacío justo en la boca del estómago.

Solía frecuentar el Revolution, donde, bajo los mejores y más minúsculos trajes de seda, ese tipo de vestido ligero que oculta y muestra con desigual fortuna, dejaba que hombres, invariablemente vestidos de etiqueta, la invitaran a copas dulces y le regalaran joyas terriblemente caras. Y todo eso sin ni siquiera abrir sus finas piernas o permitir contacto alguno más que alguna caricia, leve y lujuriosa.

Ella era la promesa del placer, la invitación a la lascivia, el deseo, el preludio inevitable de una erección dolorosa; ella era todo eso y más, la idea misma del pecado, la avaricia de los hombres.

En aquellos tiempos yo era un esclavo. Mi amo, un americano rico que ejercía de vagabundo andrógino, maestro de ceremonias, ocultista ocasional y hedonista redomado, frecuentaba los peores locales de Paris en busca de emociones fuertes, retos a su intelecto, carne que dominar o, si nada de lo anterior lograba satisfacerle, láudano, morfina, cocaína, drogas sin nombre y, en casos extremos, venenos suaves como terciopelo.

Amanda entraba dentro de todas las categorías anteriores, las unía y transformaba, las sublimaba como una maestra de la alquimia, conseguía la amalgama imposible; ella era el elixir del filósofo, la gran obra.

Así que cuando la secuestré, ebria de Moët y sueños, procuré seguir las antiguas normas y no tocarla con las manos desnudas; me comporté como un perfecto caballero, traté, con la experiencia que brindaban los años, que la sangre vertida al cortar el cuello de su acompañante no le manchara el vestido. Ella se dejó llevar, ni siquiera se puso nerviosa cuando la acomodé en la parte trasera del Rolls.

—Muestras respeto —fue todo lo que dijo—. Me gustas.

Estaba borracha. Pero aún así su voz me secó la garganta. Seguramente, si yo fuera otro hombre, habría intentado violarla allí mismo. Pero mi anterior amo, un joven jeque, celoso de sus cien mujeres, ya había solucionado el problema con cierto conocimiento oscuro, habilidad y cirugía. Sonreí con tristeza y ella no volvió a hablarme.

La casa de mi amo en Paris estaba rodeada por un jardín de primavera, blanco y virginal, de flores efímeras y olor a especias. Como todos los americanos de la época, se declaraba amante del arte, fuera cual fuera, y por esa razón había colocado entre los árboles obeliscos egipcios, desnudos renacentistas, gárgolas grotescas y delirios surreales. Las medidas y disposiciones de la casa obedecían a cifras sonsacadas a magos racionalistas, confiando en obtener, de esa forma, la protección necesaria. Decía poseer un laberinto de la mente, un mapa de la plástica y el sexo, una senda entre la realidad y el sueño, la verdadera morada pitagórica donde se podía escuchar la música de las esferas; sin duda delirios de un arquitecto fracasado.

Detuve el coche frente a la puerta principal. Mi amo estaba allí, esperando, adecuado y decadente, enfundado en su batín color sangre, recién afeitado su ridículo bigote y repeinado a la moda de los últimos bon-vivants. Mantenía un cigarro mentolado siempre encendido en la comisura de los labios, el humo perfumado se mezclaba con el agradable olor de los jardines. Abrí la puerta del Rolls y Amanda, descalza, con los zapatos de tacón imposible en la mano, descendió al suelo de gravilla mientras la luna, una luna gorda y preñada, redoblaba sus esfuerzos por fabricar penumbras.

El amo sonrió, retiró el cigarro de sus labios y acudió al encuentro de Amanda; recogió su mano y estampó en ella un beso sin demasiada gracia. Ella, simplemente, continuó hacia la casa, haciendo caso omiso de las pequeñas piedras que arañaban sus pies.

El amo la siguió y sus palabras, llenas de lisonjas, mentiras y promesas, se perdieron, ahogadas al encender de nuevo el motor del coche.

*

Según el amo, existían dos niveles de realidad en el mismo mundo. La mayor parte de los hombres malgastaban sus esfuerzos en los placeres mundanos, pero ni siendo el magnífico pecador que él creía ser, su dicha era completa. Sentía que le faltaba conocimiento, comprensión; sólo a través de la morfina decía arañar el velo. Así lo llamaba en sus delirios. La frontera entre lo efímero y lo eterno, entre la carne y el alma, la caricia y el orgasmo.

Algunas noches, esas en las que sentía la desesperación corroerle por dentro, me obligaba a golpearle, a sangrarle, a llevarlo al límite de la experiencia vital. Bajo sus camisas de seda y pantalones de línea marcada, todo eran cicatrices ganchudas y manchas de quemaduras. Se consideraba a sí mismo una obra de arte, un explorador de los sentidos, el único hedonista disciplinado; Hermes Trimegisto reencarnado y doliente.

Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, el velo seguía ahí, ocultando la verdadera naturaleza del placer, sofocando sus orgasmos y atenuando el efecto de las drogas. Sabía que le faltaba un elemento, un catalizador, necesario para acceder, para eliminar la barrera.

Amanda, en toda su gloria mistificada y delirante, se le apareció entre las nieblas del night club, arropada por el aura de las vestales, a la vez entre dos mundos, como una hermosa esfinge conocedora de los enigmas secretos. Ella era lo que necesitaba.

Aunque el amo desconocía las verdaderas tradiciones, yo no podía, de forma consciente, provocar su desgracia. Por eso rendí la sangre de un inocente y mantuve a Amanda inmaculada en su viaje hasta la casa, por eso ni siquiera la toqué. Al ver cómo el amo besaba su mano, supe que estaba condenado; al fin y al cabo cada hombre es dueño de su destino.

Tras guardar el coche, acudí a la gran biblioteca, orgullo de la casa. Amanda estaba sentada, minúscula, en uno de aquellos enormes sillones de cuero, apropiados para banqueros gordos de hígado enfermizo. El amo argumentaba sus propósitos dibujando en el aire senderos quebradizos con una copa de coñac, definitivamente borracho.

—Belleza, la belleza de una estrella, brillante pero esquiva —decía—, que aparece y desaparece del ojo humano, pero que sigue ahí, mostrándose desde el principio de los tiempos, ajena a dioses y hombres, elemental, primaria. Como tus ojos, igual de fríos en la distancia, pero, por naturaleza, incandescentes.

—Está usted loco, señor —contestó Amanda—. Le agradecería que dictara a su criado las órdenes pertinentes para mi regreso.

El amo sonrió.

—Él no es mi criado —aclaró—, es mi esclavo. Y obedecerá ciegamente hasta la última de mis locuras —se giró hacia mí y, tras apurar la copa, sonrió—. Mancíllala —ordenó—, tócala como nadie lo ha hecho nunca. Destruye la pureza, que lo antinatural crezca y veamos si la blasfemia rasga el velo.

Obedecí. Ella no era más que una niña a mi lado, su piel blanca, cristalina, servía de contraste a mis antebrazos negros como el carbón. Apoyó la cabeza bajo mi mejilla y pasó el brazo tras mi nuca mientras yo, odiándome, buscaba senderos nuevos en su vientre, bajando la mano más y más abajo, hasta sentir su sexo, vértice creador; su pecho subía y bajaba acalorado, la sangre acudió a sus mejillas, los pezones se sonrosaron coronando la excitación. Entreabrió los labios. Gimió.

Éramos ángeles sucios, sin alas, avatares, peones de dioses superiores suspendidos entre los mundos. Por un momento fuimos arte, cuadro, tapiz, escultura.

El velo se rasgó sin más noticia que la de un parpadeo, dejando pasar la luz de la luna, transformando la realidad en un punto fijo, convirtiéndonos, amantes imposibles, en ángulo abierto del que nacía el resto de la creación.

Ella era Isis desvelada y yo un esclavo, pero nunca, en mis años de existencia, me había sentido tan libre.

Las proporciones pitagóricas de la casa se abrieron, mostrando escaleras hacia las doce casas celestes y treinta puertas que daban a las antiguas provincias de Egipto. Detrás de cada una de ellas se oía rugir a un dios enfadado.

El amo gritó atemorizado. Sin duda imaginaba una realidad menos carnal que la que se avecinaba. Amanda, Diana, Isis, Madre, nueva y vieja diosa, abandonó mi abrazo y miró, con sus ojos de noche, la necesidad corrupta que animaba el alma de aquel hombre infeliz.

—El velo —logró balbucear—, ¿ha caído? No siento nada, nada en absoluto. ¡No puede ser así!

Isis desvelada levantó la mano, extendió su palma hasta el pecho del amo y lo atravesó sin esfuerzo. Le arrancó el corazón, palpitante, hinchado por venas negruzcas, y frotó con él su rostro, sus pechos, experimentando el mayor de los placeres mientras el hombre se consumía entre espasmos de dolor.

Tras un ligero mordisco, la diosa me entregó la víscera, todavía caliente.

—Eres libre, Djinn —dijo, obsequiándome con una sonrisa—, puedes ir donde quieras. Gracias por respetar las viejas tradiciones.

—Ha sido un placer, mi diosa.

El velo había caído, pero la noche lo traería de nuevo. Madrugadas como aquella traían malos sueños que los hombres jamás lograban olvidar, pesadillas sin nombre, como yo mismo era.

Ella abandonó la casa, caminando descalza entre añoranzas y oscuridades, por encima de penumbras, acompañada de duendes. Yo me quedé allí, contemplando los restos mortales del que había sido mi último amo. Recordaba bien cómo, mediante engaños, había averiguado mi verdadero nombre y atado a él su voluntad. Me había arrebatado el desierto, las estrellas, el sol ardiente y la noche helada.

Poco a poco volvió la realidad, desvaneciendo la ilusión de tabla esmeralda, de magia única, en que se había convertido la mansión. Desaparecieron las antiguas sendas, las puertas, los pasadizos. Contemplé el cuerpo de mi antiguo amo sobre el mármol enjaezado, inerte, frío, aparentemente tan lejano.

Invoqué su Ka, reviví el cadáver, recreé su mente.

—Existen otras formas de rasgar el velo —le dije, mostrando los dientes, de nuevo largos y afilados—. Exploremos juntos —le propuse, desgarrándole el muslo derecho con mis garras—, la eternidad, la blasfemia y lo imposible carecen de sentido sin perspectiva. Ahora tendrás esa perspectiva. Cada noche.

Su mirada se torció de puro dolor, vació la vejiga de forma involuntaria, trató de moverse sin conseguir más que un espasmo ridículo. Le rompí el cuello como si fuera una rama podrida. Volví a repetir todo el proceso.

Existían tantas formas de rasgar el velo...

miércoles, 24 de febrero de 2010

Apuntes del subsuelo.



Los estudiosos de la obra de Dostoyevski están conformes en que Apuntes del subsuelo (1864) viene a ser una especie de preámbulo a una segunda fase en la carrera del escritor: la de las "novelas de ideas" - así se las llama a menudo - que cimentaron su prestigio universal: Crimen y castigo, Los demonios El idiota, Los hermanos Karamazov. Pero de hecho, no basta con subrayar la presencia de ideas en estas novelas para justificar su estimación. En toda producción de Dostoyevski están, por supuesto, presentes las ideas. Pero, en términos generales, diríase que en las obras anteriores a Apuntes del subsuelo - o sea, en lo que cabe llamar primera fase - las ideas habían sido para el novelista algo así como bienes mostrencos que hallaba en su entorno y se apropiaba o descartaba según la afición, o la conveniencia del momento. Tal ocurrió, por ejemplo, con la doctrina socialista (según el evangelio de Fourier) que Dostoyevski aprendió en el círculo Petrashevski y que le acarreó una condena a trabajos forzados en Siberia. En este caso, Dostoyevski no sólo acabó por despojarse del utópico socialismo fourierista, sino que andando el tiempo hizo de él frecuente blanco de escarnio.

Es, pues, de supone que cuando los críticos hablan de las "novelas de ideas" lo que acaso quieren sugerir es que en esa segunda fase éste escribe novelas "profundas", que en ellas rastrea las raíces ocultas de la psique, y que con ellas aspira a poner a descubierto estratos recónditos de la condición humana. En esto ya hay poco de mostrenco y casi nada que pueda atribuirse inequívocamente a una concreta influencia externa. En estas novelas los personajes y acontecimientos "vienen de dentro" y encarnan los múltiples aspectos en que se diversifica la fantasía creadora de Dostoyevski.

Pocas obras son tan difíciles de definir como Apuntes del subsuelo. De las dos partes en que está dividida, la primera es el monólogo de un narrador imaginario y anónimo - el "hombre subterráneo" - quien, en una serie de revelaciones en que alternan arrogancia y humillación, se desnuda psíquica, ideológica y moralmente, en una medida quizá nunca antes igualada en la literatura narrativa. Aunque ostensiblemente dirige sus confesiones hacia unos "señores", a quienes habla "como si en realidad fuesen sus lectores", acaba por reconocer lo que el lector sospecha desde luego: "escribo sólo para mí y declaro de una vez por todas que si escribo como si me dirigiese a un lector es sólo pro forma, porque me es más fácil escribir así". La segunda parte de la obra viene a ser la "lección práctica" en que el "ser" del narrador, tal como surge de sus confesiones en la primera parte, se traduce en un "obrar" en situaciones concretas.

Libre, pues, de las trabas que un pudor elemental pudiera imponerle, el "hombre subterráneo" se revela en sus pensamientos y actos como individuo cínico, rencoroso, vengativo, cobarde... a la vez que como un antihéroe de aguda inteligencia y morbosa sensibilidad. Dostoyevski declara en la Advertencia preliminar que aunque el narrador es ficticio "ello no quita para que, atendiendo a las circunstancias en que se ha formado nuestra sociedad, puedan y aun deban existir en ella personas como el autor de estos apuntes". En tal caso hay que suponer que, compensando en alguna medida estas taras morales, el "hombre subterráneo" posee alguna cualidad positiva que lo redime ante los ojos de Dostoyevski. Y así es, en efecto.

Para entender esa cualidad hay, sin embargo, que apuntar previamente a dos ideologías que condena el narrador ficticio, quien en este caso se hace eco de los propios pensamientos de Dostoyevski: esas dos ideologías corresponden a grosso modo a dos generaciones rusas del siglo XIX, la de los años cuarenta y la de los años sesenta.
La de los años cuarenta es la generación romántica, a la que el narrador acusa de hipocresía, ya que bajo exaltación retórica de "lo bello y lo sublime" esa generación esconde un voraz apetito de bienes materiales.
La de los años sesenta es la generación racionalista, cuyo símbolo es el Palacio de Cristal. Según algunos intelectuales representativos de esta generación el ser humano aceptará de buen grado las "leyes de la naturaleza", que eliminando cuanto hay en él de irracional - y por ende, contrario a su ventaja personal - asegurarán de una vez para siempre su felicidad terrena.

En cuanto que la generación rusa de los años cuarenta ensalza hipócritamente vanos ensueños, la de los años sesenta, proclamando el advenimiento de la razón universal, pretendía hacer del ser humano algo así como una fórmula matemática, rigurosa e inapelable, que eliminaría su libre albedrío a cambio de garantizarle la estabilidad, tranquilidad y armonía de una sociedad perfecta.

El narrador rechaza lo uno y lo otro. Tanto en el romántico que hace apología de "lo bello y lo sublime", como el racionalista que aboga por la perfección del Palacio de Cristal son soñadores que ignoran o desprecian la índole genuina del ser humano. Y esa índole radica en la voluntad de éste, en su soberano libre albedrío y en el afán de ejercerlo aun cuando tal ejercicio vaya en contra de la razón y su ventaja personal. Porque la "ventaja más ventajosa" del hombre es hacer lo que le da la real gana, aun a sabiendas de que lo que hace puede ir en contra de su propio interés. Basta echar una ojeada a la historia - sugiere el narrador - para comprobar que el hombre, quienquiera que sea, siempre y en todas partes, prefiere hacer lo que le da la gana a lo que le aconsejan la razón y el interés... y a veces es absolutamente imperativo que lo haga. No hay que esforzarse mucho para ver que, después de su regreso del exilio siberiano, Dostoyevski hubiera suscrito con su propio nombre a esa conclusión.

En los comienzos del relato nos percatamos de que, tras tantos años de vida solitaria en su "madriguera", el narrador es capaz de distinguir lo inventado de lo real. A primera vista diríase que también él es un soñador que se adormece voluptuosamente en sus fantasías, alimentadas en gran medida por la lectura de ficciones literarias; pero pronto descubrimos que él mismo acaba mofándose de ellas, convirtiéndolas en bufonadas. La realidad vuelve al cabo por sus fueros y le constriñe, quiéralo o no, a enfrentarse con ella. Y es entonces cuando todo lo que en él hay de depravación, malignidad caprichosa, crueldad tiránica, a la par que humillación innoble y vileza enfermiza se pone de manifiesto en una serie de incidentes, casi, inolvidables.

I.Amador

lunes, 22 de febrero de 2010

Anoche.



Trozos de la cuerda quemada que se vinieron a deslizar junto a tu almohada. La noche arde, la cuerda hacía un lazo. Un lazo, como de mariposa, de esos que a tí tanto te gustaban.
Ahora ya no está, sólo el dolor de un sueño robado a los pies del mismísimo Morfeo, cruzando linealidad distante, entre tedio y constancia, a la surrealidad de mis instancias.
Él me susurraba. Nadie más lo hacía. Me llamaban "campeón", y me sentía en la cima.
Nadie quiso hacerlo. Pensar era demasiado.
Un problema siempre supo un mundo, pero mi mayor maravilla era procurar, una visión más global.
Si alcanzabas el foco, a tus gustos eran mi calor.
Versiones emuladas de un deseo.
El éxito es una palabra. Si mi mundo eres tú, por qué no rompes los cimientos de mi dolor, y haces con ellos lo que en mis sueños ya lograste.

No me importa si la princesa se volvió puta, si el príncipe mariposón. El caballero sigue andando, se lo dice el corazón.

Omite mis palabras, y capta el mensaje. Las letras de mi deseo, se leen en mis ojos. Data de un sinfín de piezas dantoísta. Como aquellos viejos monjes taoístas, que sin miedo, se suicidaban. No lloraban, no gritaban. De la manera más pausada, arreglaban su existencia, y del mismo modo la dejaban.
El sentido, como todos se preguntaban, no era otro que comprender su papel en éste mundo, y acatarlo con la resolución del práctico,el coraje del idealista, y la seguridad del enrolado en un barco de vapor. Vapor como el del bebé que susurraba metales fundidos entre claroscuros de tu pezón.
Nadie me quiso ayudar a comprender el mundo, o quise verme solo. Me da igual, ahora quiero robar placer, añorar ideales, y mantenerme a flote, con mentiras, actos, y pequeños detalles.

Promiscuas relaciones, las de tu cabello entre mis dedos. Todos quieren ser tocados, todos se enredan con esfuerzo.

Azules son las horas, cuando me adentro en el sopor de la inconsciencia, cuando cruzo el umbral, donde lo consciente se hace enfermo, y lo añorado, realidad.

Pareces despertar de un sueño, y no haces más que suspirar. El peso que tenías encima, ahora ha echado a volar.

Rotos los espejos, donde me vi con sinceridad.
Mi voz es marchita. Doblado el pene, y mi intención. Mentiras y engaños, mi día a día son.





//"Anoche" es el único lapso de tiempo que fue ayer, pero de alguna manera, también la hora más clara del "hoy" más cercano.//

I. Amador

Mercado laboral. Vida y sociedad.




El sujeto R sabe que hay problemas para encontrar trabajo. Está cansado de ir de aquí para alla con el curriculum en la mano, trabajando sólo a ratos y llegando sólo a veces a fin de mes. Es por eso por lo que ha ingresado en el seminario para ser sacerdote. El sueldo es modesto, pero te ofrecen un sitio en el que vivir y tampoco R tiene grandes pretensiones económicas. Sólo quiere una vida tranquila y estable. El trabajo es llevadero; un par de oficios diarios, eventualmente bodas, bautizos, comuniones y funerales, tareas docentes en catequesis y cursillos prematrimoniales, y asistencia al prójimo. R no cree en Dios, pero no considera eso un problema. No es la primera vez que miente en el curriculum. Tampoco es la primera vez que vende las bondades de algo en lo que no cree. El año pasado sin ir más lejos ofrecía puerta por puerta un tratamiento capilar anticaída. El único inconveniente que le encuentra a su nueva orientación laboral es Benita. Ahora tendrá que verla a escondidas.
El sujeto C, por el contrario, va a misa a diario. Eleva sin pudor la voz en los cánticos y se emociona en las partes álgidas de las eucaristía. Enlaza fuertemente sus manos en las plegarias mientras dice con devoción, gracias, gracias, gracias. C tiene formación en teología y probada piedad cristiana en misiones y campañas de ayuda. Al sujeto C le encantaría ser sacerdote, pero no puede. El sujeto C es mujer.




I.Amador

Celos.



Diana se levanta a mediodía. Toma café muy cargado que encuentra preparado en la cocina y un ibuprofeno que saca del bolso; la noche de anoche se hizo larga.
Enciende el móvil. Cinco llamadas perdidas. Cuatro de ellas de Andrés. Un mensaje. También de Andrés. A veces se pone de un pesado insoportable.
Bnos dias cari, cd leas sto dame un tk. Tq. Marca la tecla de llamada con desgana. Andrés es el primero de la lista. Durmiendo, Andrés. Estaba durmiendo. Sabías de sobra que ayer salía con las chicas. Ni preocupado ni leches. Siempre estás igual. Pues beber. Beber mucho. Eso es lo que hicimos. Y follar. Aproveché que tú no estabas para follar mucho y bien. ¿Es eso lo que quieres que te diga? Joder Andrés, entonces para qué preguntas. Bueno, ya hablamos luego, que voy a meterme en la ducha y a comer algo. Que aún estoy en pijama. Yo también. Un beso.
Apura su vaso de café, vuelve a meter el móvil en el bolso y, desnuda como está, entra en la habitación y se recuesta sobre el bulto que hay arrebujado bajo el nórdico. Me tengo que ir, le dice al oído. El bulto gruñe y le regala una caricia que acaba en la entrepierna. Ella responde con un gesto de dolor. Después de lo de anoche, hoy le escuece hasta el alma.






I.Amador

viernes, 29 de enero de 2010

Mademoiselle Louise, avec son revolver.




Confusión de planos extáticos, eróticos, fijos
de existencias asimétricas,
de poluciones nocturnas,
de flores de una ausencia olvidada.

Esto es la tierra carente de los derechos humanos,
esto es la tierra del pecado.
Mezcla de sangres de dos ocasiones perdidas,
un paraíso olvidado.

Mis manos sofocaron el cordero,
el pecado me partió en dos,
el sentido actuó sobre el alma,
el alma murió en el sentido.

Y aún así el demonio transformado en espírutu
rompe las aguas del sacrificio,
y el grito nos es humano ni divino:
es el grito del horror
de quien siente acercarse su infierno.

Cualquier hijo de vecino.



Yo tenía una polla inglesa,
la quería para matar
y un martes de carnaval
amaneció la polla tiesa.
(mi padre)

-Reconozcalo, es usted un posmoderno y un progreindependentista -me dijo el vecino.

Me quedé callado. Me han llamado muchas cosas en esta derrota de la vida. Mi hermana, tarambana. Juan Royo, animalito. Mi cuñado, que soy un mago sin honra y sin fortuna. Y Marcelino el oyente me llamó pájaro de cuentas (el pájaro tenía un nombre pero ahora no me acuerdo), y en bar Castillo me llamaban escritor. Al principio refunfuñaba. Buscaba la manera de ponerme en mi sitio, pero mi sitio era el que ellos decían, y como la verdad no ofende...

Sé que el vecino me tiene estima y exageró queriendo darme ánimos. Reconocer que soy un escritor ignorante, tarambana y sin fortuna no es un trago muy dulce. Pero qué diablos, me introspeccioné, ¿por qué el vecino no va a tener razón, él también? Los otros siempre tienen razón.

Hasta que el vecino me dijo eso, nada bonito veía en mí. Así que empecé a animarme. Bajé la botella que tengo encima del aparador de la cocina, la llevé a la mesa del patio y me senté y la abrí. A cada trago me repetía a mí mismo:

-Soy un posmoderno y un progreindependentista.

Creo que lo repetí más de cien veces. Acabé auténticamente animado. Cuando vacié la botella, le dije a mi padre que bajaba un rato al Castillo.

-Anoche dejaste las caballas en el pollo, y se llenó de cucarachas. A ver si tienes cuidado, y ten cuidado con el Castillo, no vayan a dejar de llamarte escritor y te llamen pollatiesa. Oye, Marcelino dijo que iba a ayudar a plantar la papas...

Bajé al bar y aquello estaba a tope, la parroquia al completo. El Fatiga con lo mismo de siempre: "Saliste de chirona". Cristo con su sudoku. Alberto con sus historias de cuando hizo la mili en El Escorial. Chani insistiendo para hablar con Dios. Fufo quitándome una telarañas que llevaba pegada a la manga derecha del chaleco...

-¿Lo de siempre, escritor? - preguntó Jonay.

-Escritor posmoderno y progreindependentista.

Todos se quedaron callados. Y desde ese día, me miran con más respeto. No hay nada en este mundo como tener un buen vecino. Y además jugué a la máquina Tijuana y me saqué ochenta euros.
Día de suerte.




I.Amador


El 20 de noviembre de 1989 moría a los 68 años el escritor Leonardo Sciascia. Nacido en Racalmuto, Italia, en 1921. Una aldea de 13 mil habitantes (a la que Sciascia atribuía un origen árabe: Rahal Maut, Aldea Muerta) ubicada en la provincia de Agrigento, en Sicilia. Nació en una isla bella y severa, ajena al progreso, martirizada por la historia y la mafia. Despreciada por el mundo. Su vida transcurrió entre Racalmuto y Palermo. Su padre era un oficinista que trabajaba en las minas de azufre. Eso era Racalmuto: azufre y algún muerto a tiros en la calle todos los días. Militante comunista en sus comienzos.
A los intelectuales los encontraba un poco cortesanos, un tanto conformistas, que casi siempre están con el poder. Para Sciascia un intelectual debe mantener la vocación de estar siempre en la oposición. La democracia, sostenía, no es impotente para combatir a la mafia. O mejor: nada hay en su sistema que necesariamente la conduzca a imponerle una convivencia con la mafia. Por el contrario, tiene entre manos el instrumento que la tiranía no tiene: el derecho, la ley igual para todos, la balanza de la justicia.

Estaba convencido de que el Estado italiano jamás acabaría con la mafia. Porque está en el corazón mismo de la familia italiana que incluye, como escribe Claude Ambroise, la presencia de la madre fálica, dominante en la sociedad mediterránea.

Cuando se decidió a ser escritor optó, más que por abandonarse a la pura invención literaria, por dirigirse a los archivos y rescatar historias olvidadas. Así nació Porte aperte, la historia de una especie de patovica musoliniano condenado a muerte por un asesinato. El juez, que no cree en la pena de muerte, no lo ejecuta y Sciascia escribe: “Ni la humanidad ni la ley deben responder al asesinato con otro asesinato”.

Pero la mafia fue el eje de sus preocupaciones italianas. Sus libros sobre ese fenómeno tienen hoy el valor de una enciclopedia sobre el tema. Lo mismo ocurre con la violencia y el asesinato de Aldo Moro. En El caso Moro Sciascia resuelve el asesinato a través de las cartas que Moro enviaba y que los diarios publicaban. Su riguroso y minucioso análisis compromete a la clase política italiana. De cómo comunistas y demócratas cristianos se unen para dejarlo morir.

Su Sicilia como metáfora –algo que también hace con El día de la lechuza y A cada cual lo suyo– pasó a ser una metáfora duradera, una indagación acerca de una cierta forma de ejercer el poder.

El mundo siciliano de Sciascia es un mundo católico. Los curas pululan en sus páginas. Es el caso de El archivo de Egipto, novela que cuesta separar de El nombre de la rosa. Los clérigos “sciascianos” nunca son unívocos o repetitivos. Muy por el contrario, los hay de las layas. Y como suele ocurrir en sus relatos, la corrupción y el asesinato ocurren en el corazón mismo de la elite católica.

Otra arista del poder de la mafia que Sciascia investiga es lo que llama “el poder de la familia”. El poder se legitima entre los lazos familiares. Desde ellos se hace posible la resistencia al abuso pero a cambio, muchas veces, de un alto precio individual. La familia siciliana en sus ficciones es totalitaria. Sus miembros se deben al todo. Son intercambiables.

Un periodista le preguntó una vez a Sciascia qué quería decir cuando hablaba de “sicilianización”. Algo que ahora podría traducirse como globalización del crimen o “era de la criminalidad”, contestó el escritor. “Soy más bien un escritor italiano que conoce bien la realidad de Sicilia y que está convencido de que esta isla ofrece una síntesis de problemas y contradicciones que bien podrían constituir una metáfora del mundo moderno”. Es que para Sciascia la “sicilianización” significaba una pérdida progresiva del valor de las ideas, ante el surgimiento arrollador de los intereses particulares. “Ya no se gobierna en función del bien común sino a favor de ciertos grupos”.

Para un siciliano la familia es el Estado. Se atienden las ligas consanguíneas para iniciarse como “un hombre de honor”; por ello, en el seno de la Cosa Nostra, al candidato lo tiene que traer un familiar directo, tío o abuelo.

La mafia es una amistad, un modo de ser y de pensar. Una mentalidad. Y se ha expandido por todo el mundo, como un estilo de gobernar y hacer política. Comenzó hacia la mitad del siglo XIX (época que más o menos coincide con el nacimiento de Italia como nación) como un fenómeno rural, como una especie de rebelión solapada contra los detestados Borbones que dominaban la isla. La mafia apareció entonces como un sistema de justicia informal donde el capo mafioso era el equivalente del juez de paz.

Sciascia fue una de las conciencias más sólidas de Italia. Su carácter insobornable fue el emblema de su independencia, que molestó a unos y a otros, y fue el origen también de su prestigio, como intelectual y como político. Valga como anécdota que el escritor se suicidó socialmente el 10 de enero de 1987 cuando se empeñó en publicar en el Corriere della Sera un ríspido artículo que daba por tierra con el pensamiento políticamente correcto. Sabía que las verdades inmutables son inmutables, al menos mientras duran. Sabía que es inútil andarse con matices frente a quienes poseen la verdad, la razón y el respaldo poderoso de la Historia (o de Dios, depende del bando). Y conocía la ignorancia general sobre la mafia, un fenómeno de gran utilidad para numerosas generaciones de políticos italianos.

Pero Sciascia publicó su artículo “Los profesionales de la antimafia”, y acusó a los políticos y jueces más venerados del momento, como Leoluca Orlando, alcalde de Palermo, y Paolo Borsellino, magistrado, asesinado años después por la mafia, de utilizar una causa noble, el renacimiento moral de Sicilia, para beneficio de sus carreras. La lucha contra la mafia, decía Sciascia, había dejado de ser un fin y era sólo un medio para alcanzar prestigio, fortuna y posiciones de poder (una historia que no suena desconocida).

El mundo se le echó encima. Dicen que no le importó. Estaba ya muy enfermo. Dedicaba su tiempo a fantasear sobre la muerte y, en términos más concretos, sobre su epitafio. Buscaba algo “menos personal” y “más ameno” que las frases habituales. Lo encontró en un texto de Auguste Villiers de L’Isle-Adam, uno de sus amados franceses decimonónicos, legitimista, reaccionario, simbolista, asombrosamente moderno. “Ce ne ricorderemo di questo planeta” (Nos acordaremos de este planeta). Ése es el epitafio sobre la tumba de Sciascia.

Suele decirse que la primera víctima de la guerra es la verdad. Algo similar ocurre con el terrorismo, la mafia o las emergencias planetarias. La duda no debe ofender. La verdad, tampoco. El fanatismo, sí. Mucho.

Han pasado más de 20 años. Mafia y antimafia siguen siendo asuntos prósperos. Y la verdad incómoda de Leonardo Sciascia se ha visto refrendada por el tiempo. Hoy no solamente Leoluca Orlando y la viuda de Borsellino le dan la razón sino que el mafioso Totto Riina resolvió abrir la boca después de 17 años. En su versión el atentado se decidió en Milán entre políticos y hombres de negocios, entre los cuales habría estado presente el incombustible Silvio Berlusconi.