Lanfear

Lanfear
el nudo incólume de mis pensamientos...

viernes, 29 de enero de 2010

Mademoiselle Louise, avec son revolver.




Confusión de planos extáticos, eróticos, fijos
de existencias asimétricas,
de poluciones nocturnas,
de flores de una ausencia olvidada.

Esto es la tierra carente de los derechos humanos,
esto es la tierra del pecado.
Mezcla de sangres de dos ocasiones perdidas,
un paraíso olvidado.

Mis manos sofocaron el cordero,
el pecado me partió en dos,
el sentido actuó sobre el alma,
el alma murió en el sentido.

Y aún así el demonio transformado en espírutu
rompe las aguas del sacrificio,
y el grito nos es humano ni divino:
es el grito del horror
de quien siente acercarse su infierno.

Cualquier hijo de vecino.



Yo tenía una polla inglesa,
la quería para matar
y un martes de carnaval
amaneció la polla tiesa.
(mi padre)

-Reconozcalo, es usted un posmoderno y un progreindependentista -me dijo el vecino.

Me quedé callado. Me han llamado muchas cosas en esta derrota de la vida. Mi hermana, tarambana. Juan Royo, animalito. Mi cuñado, que soy un mago sin honra y sin fortuna. Y Marcelino el oyente me llamó pájaro de cuentas (el pájaro tenía un nombre pero ahora no me acuerdo), y en bar Castillo me llamaban escritor. Al principio refunfuñaba. Buscaba la manera de ponerme en mi sitio, pero mi sitio era el que ellos decían, y como la verdad no ofende...

Sé que el vecino me tiene estima y exageró queriendo darme ánimos. Reconocer que soy un escritor ignorante, tarambana y sin fortuna no es un trago muy dulce. Pero qué diablos, me introspeccioné, ¿por qué el vecino no va a tener razón, él también? Los otros siempre tienen razón.

Hasta que el vecino me dijo eso, nada bonito veía en mí. Así que empecé a animarme. Bajé la botella que tengo encima del aparador de la cocina, la llevé a la mesa del patio y me senté y la abrí. A cada trago me repetía a mí mismo:

-Soy un posmoderno y un progreindependentista.

Creo que lo repetí más de cien veces. Acabé auténticamente animado. Cuando vacié la botella, le dije a mi padre que bajaba un rato al Castillo.

-Anoche dejaste las caballas en el pollo, y se llenó de cucarachas. A ver si tienes cuidado, y ten cuidado con el Castillo, no vayan a dejar de llamarte escritor y te llamen pollatiesa. Oye, Marcelino dijo que iba a ayudar a plantar la papas...

Bajé al bar y aquello estaba a tope, la parroquia al completo. El Fatiga con lo mismo de siempre: "Saliste de chirona". Cristo con su sudoku. Alberto con sus historias de cuando hizo la mili en El Escorial. Chani insistiendo para hablar con Dios. Fufo quitándome una telarañas que llevaba pegada a la manga derecha del chaleco...

-¿Lo de siempre, escritor? - preguntó Jonay.

-Escritor posmoderno y progreindependentista.

Todos se quedaron callados. Y desde ese día, me miran con más respeto. No hay nada en este mundo como tener un buen vecino. Y además jugué a la máquina Tijuana y me saqué ochenta euros.
Día de suerte.




I.Amador


El 20 de noviembre de 1989 moría a los 68 años el escritor Leonardo Sciascia. Nacido en Racalmuto, Italia, en 1921. Una aldea de 13 mil habitantes (a la que Sciascia atribuía un origen árabe: Rahal Maut, Aldea Muerta) ubicada en la provincia de Agrigento, en Sicilia. Nació en una isla bella y severa, ajena al progreso, martirizada por la historia y la mafia. Despreciada por el mundo. Su vida transcurrió entre Racalmuto y Palermo. Su padre era un oficinista que trabajaba en las minas de azufre. Eso era Racalmuto: azufre y algún muerto a tiros en la calle todos los días. Militante comunista en sus comienzos.
A los intelectuales los encontraba un poco cortesanos, un tanto conformistas, que casi siempre están con el poder. Para Sciascia un intelectual debe mantener la vocación de estar siempre en la oposición. La democracia, sostenía, no es impotente para combatir a la mafia. O mejor: nada hay en su sistema que necesariamente la conduzca a imponerle una convivencia con la mafia. Por el contrario, tiene entre manos el instrumento que la tiranía no tiene: el derecho, la ley igual para todos, la balanza de la justicia.

Estaba convencido de que el Estado italiano jamás acabaría con la mafia. Porque está en el corazón mismo de la familia italiana que incluye, como escribe Claude Ambroise, la presencia de la madre fálica, dominante en la sociedad mediterránea.

Cuando se decidió a ser escritor optó, más que por abandonarse a la pura invención literaria, por dirigirse a los archivos y rescatar historias olvidadas. Así nació Porte aperte, la historia de una especie de patovica musoliniano condenado a muerte por un asesinato. El juez, que no cree en la pena de muerte, no lo ejecuta y Sciascia escribe: “Ni la humanidad ni la ley deben responder al asesinato con otro asesinato”.

Pero la mafia fue el eje de sus preocupaciones italianas. Sus libros sobre ese fenómeno tienen hoy el valor de una enciclopedia sobre el tema. Lo mismo ocurre con la violencia y el asesinato de Aldo Moro. En El caso Moro Sciascia resuelve el asesinato a través de las cartas que Moro enviaba y que los diarios publicaban. Su riguroso y minucioso análisis compromete a la clase política italiana. De cómo comunistas y demócratas cristianos se unen para dejarlo morir.

Su Sicilia como metáfora –algo que también hace con El día de la lechuza y A cada cual lo suyo– pasó a ser una metáfora duradera, una indagación acerca de una cierta forma de ejercer el poder.

El mundo siciliano de Sciascia es un mundo católico. Los curas pululan en sus páginas. Es el caso de El archivo de Egipto, novela que cuesta separar de El nombre de la rosa. Los clérigos “sciascianos” nunca son unívocos o repetitivos. Muy por el contrario, los hay de las layas. Y como suele ocurrir en sus relatos, la corrupción y el asesinato ocurren en el corazón mismo de la elite católica.

Otra arista del poder de la mafia que Sciascia investiga es lo que llama “el poder de la familia”. El poder se legitima entre los lazos familiares. Desde ellos se hace posible la resistencia al abuso pero a cambio, muchas veces, de un alto precio individual. La familia siciliana en sus ficciones es totalitaria. Sus miembros se deben al todo. Son intercambiables.

Un periodista le preguntó una vez a Sciascia qué quería decir cuando hablaba de “sicilianización”. Algo que ahora podría traducirse como globalización del crimen o “era de la criminalidad”, contestó el escritor. “Soy más bien un escritor italiano que conoce bien la realidad de Sicilia y que está convencido de que esta isla ofrece una síntesis de problemas y contradicciones que bien podrían constituir una metáfora del mundo moderno”. Es que para Sciascia la “sicilianización” significaba una pérdida progresiva del valor de las ideas, ante el surgimiento arrollador de los intereses particulares. “Ya no se gobierna en función del bien común sino a favor de ciertos grupos”.

Para un siciliano la familia es el Estado. Se atienden las ligas consanguíneas para iniciarse como “un hombre de honor”; por ello, en el seno de la Cosa Nostra, al candidato lo tiene que traer un familiar directo, tío o abuelo.

La mafia es una amistad, un modo de ser y de pensar. Una mentalidad. Y se ha expandido por todo el mundo, como un estilo de gobernar y hacer política. Comenzó hacia la mitad del siglo XIX (época que más o menos coincide con el nacimiento de Italia como nación) como un fenómeno rural, como una especie de rebelión solapada contra los detestados Borbones que dominaban la isla. La mafia apareció entonces como un sistema de justicia informal donde el capo mafioso era el equivalente del juez de paz.

Sciascia fue una de las conciencias más sólidas de Italia. Su carácter insobornable fue el emblema de su independencia, que molestó a unos y a otros, y fue el origen también de su prestigio, como intelectual y como político. Valga como anécdota que el escritor se suicidó socialmente el 10 de enero de 1987 cuando se empeñó en publicar en el Corriere della Sera un ríspido artículo que daba por tierra con el pensamiento políticamente correcto. Sabía que las verdades inmutables son inmutables, al menos mientras duran. Sabía que es inútil andarse con matices frente a quienes poseen la verdad, la razón y el respaldo poderoso de la Historia (o de Dios, depende del bando). Y conocía la ignorancia general sobre la mafia, un fenómeno de gran utilidad para numerosas generaciones de políticos italianos.

Pero Sciascia publicó su artículo “Los profesionales de la antimafia”, y acusó a los políticos y jueces más venerados del momento, como Leoluca Orlando, alcalde de Palermo, y Paolo Borsellino, magistrado, asesinado años después por la mafia, de utilizar una causa noble, el renacimiento moral de Sicilia, para beneficio de sus carreras. La lucha contra la mafia, decía Sciascia, había dejado de ser un fin y era sólo un medio para alcanzar prestigio, fortuna y posiciones de poder (una historia que no suena desconocida).

El mundo se le echó encima. Dicen que no le importó. Estaba ya muy enfermo. Dedicaba su tiempo a fantasear sobre la muerte y, en términos más concretos, sobre su epitafio. Buscaba algo “menos personal” y “más ameno” que las frases habituales. Lo encontró en un texto de Auguste Villiers de L’Isle-Adam, uno de sus amados franceses decimonónicos, legitimista, reaccionario, simbolista, asombrosamente moderno. “Ce ne ricorderemo di questo planeta” (Nos acordaremos de este planeta). Ése es el epitafio sobre la tumba de Sciascia.

Suele decirse que la primera víctima de la guerra es la verdad. Algo similar ocurre con el terrorismo, la mafia o las emergencias planetarias. La duda no debe ofender. La verdad, tampoco. El fanatismo, sí. Mucho.

Han pasado más de 20 años. Mafia y antimafia siguen siendo asuntos prósperos. Y la verdad incómoda de Leonardo Sciascia se ha visto refrendada por el tiempo. Hoy no solamente Leoluca Orlando y la viuda de Borsellino le dan la razón sino que el mafioso Totto Riina resolvió abrir la boca después de 17 años. En su versión el atentado se decidió en Milán entre políticos y hombres de negocios, entre los cuales habría estado presente el incombustible Silvio Berlusconi.

El arte de ofender.






Los uruguayos percibimos el color menguado en sus propiedades expresivas. Nuestros cuadros exhiben esta situación explícitamente. Un uruguayo en el MOMA es inmediatamente discernible del resto por su extraña necesidad de colocarse gafas oscuras frente a ejemplares fauves o varias de las piezas post-impresionistas allí exhibidas. Esto se debe a la natural propensión del uruguayo de subordinar el color a las habilidades constructivas del pintor. Un Soutine le propone una irritación retiniano-intelectual tal que varios museos europeos han dispuesto advertencias y carteles varios prohibiendo el ingreso de uruguayos a sus establecimientos. La inclinación flemática del uruguayo por la pintura tonal, contenida y medida en sus relaciones cromáticas al servicio del armonioso diseño y la construcción severa le han granjeado una oscura fama entre las naciones promotoras del color como sumo valor expresivo y dador de forma y ritmo.
Luego el pintor uruguayo es un individuo sumamente peligroso, sus nervios tensamente comprimidos en teorías auspiciantes de la regularidad rítmica, simetrías y proporción Áurea, suelen desatarse de las maneras mas violentamente escandalosas (un episodio ejemplar de estos arrebatos puede señalarse en el incendio del museo de San Pablo mientras se exhibía allí buena parte de la obra del maestro J.T.G).
La ancestral rivalidad con el pintor español de finales del s. XX encuentra su cardinal fundamento en la herencia sumisamente recibida de la ultima frenética pintura del maestro Picasso, los uruguayos unánimemente conceden el merecido valor que involucra el talento e inteligencia constructiva del genial malagueño, más no ha sido unánime el dictamen respecto de su manejo del color en su obra madura. Las generaciones posteriores al malagueño han priorizado inocentemente ese bárbaro, salvaje proceder pictórico produciendo irritaciones desmedidas en los exploradores uruguayos (exceptuando el caso de los pintores canarios a los que se tiene en gran estima a pesar de su abuso del óleo negro y la nada simpática aparición de huellas de pies en la superficie de sus cuadros ). El pintor uruguayo y el español se odian acérrimamente, si este odio no ha reventado en una masacre memorable es por la manera en que un tácito pacto los aguanta hasta la desaparición de su conjunto enemigo desvergonzado: el pintor chileno. La completa supresión de la actividad pictórica en territorio chileno es propósito común de ambas naciones. Esta alianza recoge su justificación en las infames invasiones chilenas a museos paraguayos donde han pretendido establecer una base de influencia que termine por teñir el vasto territorio sudamericano de la desigual e inorgánica obra del pintor chileno. A España sobran razones para el inmediato cese de la propagación diletante de esta pintura mientras que el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay ha subordinado el impuesto de educación a las costosas escaramuzas de hordas de pintores instruidos en la fe constructivista que dos veces al año se desplazan a Paraguay armados con oleos blanco y negro 120ml y dos pinceles afín de bajar el tono de la estridente e invasiva pintura chilena. El gobierno de España (con posibilidades financieras mas opulentas) dispone tropas de pintores cuya tarea no es ya modificar el tono sino organizar en la medida de lo posible las relaciones cromáticas de la pintura chilena de acuerdo a su máximo potencial expresivo (según la ideología pictórica del estado español, claro esta).
La nación paraguaya contempla estos enfrentamientos impotente dado su inoperante estilo pictórico heredado de las tradiciones textiles guaraníes.





I.Amador

jueves, 28 de enero de 2010

Acerca de las segundas oportunidades.




Quince años y la cara hecha un cristo. Acné. Más tarde me puse más guapo, pero ahora soy un púber destartalado y feo. Llevo esa camiseta de Led Zeppelin que sudó toda mi adolescencia. Todavía no ha perdido el color del uso, así que probablemente aún ni siquiera he empezado a escuchar a Led Zeppelín. Yo – el yo de ahora, si acaso ahora es el ahora en que yo vivo – visto ojeras, canas y una calvicie incipiente.

Soy tan feo y destartalado como él, aunque hace ya fui un tipo guapo. No creo que sepa quien soy. Para él debo ser tan sólo un viejo hortera. Incluso para mí soy un viejo hortera.

Esto es extraño; yo con quince, yo con cuarenta y siete. Uno frente a otro.
Debe éste ser uno de esos extrañísimos accidentes en los que, rota la dimensión temporal, me encuentro de bruces con la oportunidad de evitarme el ser el desgraciado que soy diciéndome algo trascendente que cambie el rumbo de lo que fue mi vida hasta ahora. Hay que joderse. Saco un cigarrillo y lo enciendo. Me mira sin ninguna curiosidad.

Definitivamente no sabe quien soy. Debería empezar a darle la charla.
¿Me das un piti?, me pregunta. Podría arrancarme por decirle que no empiece a fumar. Y luego podría decirle que no se le ocurra acercarse a Ella. Me mira interrogante. Saco de nuevo el paquete del bolsillo, le doy un golpecito en el reverso y dejo que sea él mismo quien coja el cigarro que sobresale.

Total, para el caso que me va a hacer.





I.Amador

Colchón.






Dolerá en el alma, pero lo que más incomoda a Jacinta – y a su gesto retorcido me remito – es el terrible dolor de espalda que le provoca la soledad. Claro que piensa en cambiarlo, cada vez que se resiente su endeble soporte vertebral, día sí y día también, pero luego llega la noche y saca su maletín – ese que hace las veces de hombre de variopintos falos –, y tras interpretar a dúo sonatina de gemido y muelle, desecha el canje. Que bastante tiene una con derramarse sola como para renunciar a la compañía de los gritos de su viejo colchón.



I.Amador

Extracto de unas diligencias.





Sobre la mesa, una carpeta marrón, una pequeña grabadora y dos manos entrelazadas y nerviosas. En este pequeño cuartucho, en el que además de la mesa hay un par de sillas desvencijadas por el uso, se respira un ambiente demasiado espeso por culpa del humo.

Yo le propuse un crucero por el mediterráneo. Ella, sin embargo, se empeñó en venir aquí argumentando que lo que realmente necesitábamos, era recobrar el sosiego extraviado con los últimos y felices acontecimientos. Ya sabe usted, la publicación de mi último libro y lo de nuestro primer hijo.

No hay prisas en las respuestas, ni tampoco malos modos al preguntar. La declaración del joven escritor está resultando pausada, emotiva y casi poética.
El acantilado por el que se ha precipitado, queda como a media hora de la casita de alquiler en la que nos alojábamos. Es un promontorio colgado al mar desde el que se disfrutan unas vistas maravillosas. Desde allí arriba, el océano aparece de un azul descompasado y tormentoso, y el paraje sobrecoge en su conjunto. El otro día subimos por primera vez y Vicki se quedó maravillada. Así que esta mañana se ha despertado un poco más pronto de lo habitual, me ha dado un beso en la frente pidiéndome que continuara durmiendo mientras ella daba un paseo hasta la cima antes del desayuno, y ya no he vuelto a verla con vida.

El sargento, hombre de maneras amables y de cierta sensibilidad, está maravillado tanto por lo bien que se explica el declarante, como por lo conmovedor de su relato. Así que antes de disculparse por tener que formular la pregunta más amarga del interrogatorio, le concede unos segundos que quizá sean de admiración.
Sabe usted si su esposa le era infiel. Pregunta el policía. Victoria me amaba profundamente. Contesta el joven con voz quebrada y mirada ofendida. Y concluye derramando unas lágrimas.


Antes de levantarse y dar por terminada la declaración, el policía esboza una sonrisa que es posible que el joven se tome como un triunfo. Con la carpeta marrón bajo el brazo, en la que guarda un antiguo informe médico que asegura que el joven quedó estéril como consecuencia de unas paperas tardías, el sargento abandona la sala de interrogatorios bajo la turbia atmósfera del humo del tabaco.




I.Amador

La casa que hace esquina.





Nada hay más lejos de un mundo hermoso que lo que se vive en esta casa, donde el grito sofocante del calor húmedo enmudece cualquier atisbo de ternura.
La casa hace esquina en un barrio de esquinas afiladas, de portales en penumbra y de calles ruidosas llenas de una vida atropellada.
Tiene dos habitaciones mal vestidas comunicadas entre sí, una cocina estrecha y un baño cuyo único lujo, es una bañera con el nácara aún no muy desportillado. Las bombillas lucen pobres y desnudas, y las paredes están hechas de listones de madera de pino mal unidos entre sí, por entre los que se cuelan, impertinentes, las miserias de las casas vecinas.

En esta casa viven la inocencia, y el sudor constante pugna.
Crean tanto alboroto cuando se enfrentan, que el amor que nació entre ellos resulta belicoso y se confunde fácilmente con algo parecido a un burdo instinto.
También aquí, separadas sus camas por una simple cortina tejida con mentiras y malos modos, la rabia y la locura.
En suma, demasiados ocupantes.

La gente que vive en este barrio, que resulta ser tan vulgar que casi no merece la pena hablar de ella, dice que por los alrededores de esta casa se ve con frecuencia al diablo. Viste una camisa sucia y maloliente, juega al póker al descubierto, y bebe directamente de la botella.





I. Amador

Miedo a su sonrisa.





Silban las bombas y ni el abrazo de su madre disimula su parálisis. Le ocurre lo mismo cuando se encuentra de frente la sonrisa nacarada de Louise, es verla y se queda tonto, se le va la coherencia, y, cuando quiere hablar, sólo consigue farfullar como los lelos.

Vive con su madre, a la que soporta con estoicismo cariñoso sus manías y reproches de madre vieja y mujer viuda, y trabaja de maestro en un colegio en el que sus alumnos no le respetan, le conocen por un despiadado mote, y hacen mofa de su ridículo porte y sus tímidas maneras.

De su casa al trabajo no habrá una distancia mayor que la que se puede recorrer, a paso tranquilo, durante poco más que cinco minutos. De no ser por la desazón que crean los bombardeos y por la presencia obscena de ese ejército invasor que obliga, coarta, y ofende, ese paseo matutina sería realmente agradable de recorrer. Entre otras razones, porque es rara la mañana que no se cruza con la sonrisa luminosa de la hermosa Louise, su vecina y compañera de trabajo.

Arthur la ama en silencio. La ha amado siempre. Pero es consciente de que jamás será atractivo a sus ojos, pues si bien se sabe un hombre tierno, un trabajador tenaz, y quizá un buen hijo, ni siquiera a él se le ocurre otro motivo por el que una mujer tan hermosa y emprendedora como ella pudiera fijarse en él.

A Arthur le encantaría llamar la atención de Louise con una heroicidad y que, a falta de otros encantos, ella se fijara al menos en s valor, y le regalara en exclusiva una de sus sonrisas. Pero como ya he dicho, Arthur es un cobarde. Y eso, en tiempos de guerra, resulta imperdonable a los ojos de una dama.






I. Amador

Verdades, en pequeñas realidades.


El pasillo del supermercado. El de las bebidas. Él coge cervezas. Seis latas. Mahou. Ella agua con gas. Él la ve de lejos y sonríe. No conoce a nadie más que compre agua con gas. En eso no ha cambiado. Es en lo único en lo que no ha cambiado.
Hola. Hola.
Se observan un eterno instante a prudente distancia antes de darse dos torpes besos. Se miden. Ella tiene la tierna belleza de las embarazadas. Él está un poco más gordo. Un poco más calvo. Un poco más viejo.
¿De cuanto...?. Diecinueve semanas.
Subraya su respuesta acariciándose la barriga.
¿Y tú? ¿Sigues con...?. Sí.
Uno, dos, tres, cuatro segundos de silencio.
¿Y sabe ya que la harás infeliz?
Forzado tono jocoso. Sonrisa artificial. Él devuelve la sonrisa. Y el tono.
No. Aún no se lo he dicho. Deberías. Sí, debería.
Otra vez silencio. Se estudian la compra. Él, una cesta. Patatas fritas, cerveza, pizza congelada, desodorante. Ella, un carrito. Lleno.
He de irme, claro, sí, yo también, es que tengo..., sí, yo también tengo..., que me alegro de..., sí, yo también me alegro..., estás, te veo muy..., gracias, y tú.
Se acercan. Descoordinados. Medio abrazo. Un beso en la mejilla. Con el segundo, desatinado, se rozan los labios. Los labios. Se miran los labios. Se besan en los labios. Tiernos. Ella retiene el beso. Muerde levemente el inferior antes de zafarse con lentitud de su imprudencia. Él la deja ir.
Sin volverse, tirando del carro lleno hacia la caja, ella sonríe. Cabrón, masculla. Pero sonríe.





I. Amador