Lanfear

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el nudo incólume de mis pensamientos...

miércoles, 24 de febrero de 2010

Apuntes del subsuelo.



Los estudiosos de la obra de Dostoyevski están conformes en que Apuntes del subsuelo (1864) viene a ser una especie de preámbulo a una segunda fase en la carrera del escritor: la de las "novelas de ideas" - así se las llama a menudo - que cimentaron su prestigio universal: Crimen y castigo, Los demonios El idiota, Los hermanos Karamazov. Pero de hecho, no basta con subrayar la presencia de ideas en estas novelas para justificar su estimación. En toda producción de Dostoyevski están, por supuesto, presentes las ideas. Pero, en términos generales, diríase que en las obras anteriores a Apuntes del subsuelo - o sea, en lo que cabe llamar primera fase - las ideas habían sido para el novelista algo así como bienes mostrencos que hallaba en su entorno y se apropiaba o descartaba según la afición, o la conveniencia del momento. Tal ocurrió, por ejemplo, con la doctrina socialista (según el evangelio de Fourier) que Dostoyevski aprendió en el círculo Petrashevski y que le acarreó una condena a trabajos forzados en Siberia. En este caso, Dostoyevski no sólo acabó por despojarse del utópico socialismo fourierista, sino que andando el tiempo hizo de él frecuente blanco de escarnio.

Es, pues, de supone que cuando los críticos hablan de las "novelas de ideas" lo que acaso quieren sugerir es que en esa segunda fase éste escribe novelas "profundas", que en ellas rastrea las raíces ocultas de la psique, y que con ellas aspira a poner a descubierto estratos recónditos de la condición humana. En esto ya hay poco de mostrenco y casi nada que pueda atribuirse inequívocamente a una concreta influencia externa. En estas novelas los personajes y acontecimientos "vienen de dentro" y encarnan los múltiples aspectos en que se diversifica la fantasía creadora de Dostoyevski.

Pocas obras son tan difíciles de definir como Apuntes del subsuelo. De las dos partes en que está dividida, la primera es el monólogo de un narrador imaginario y anónimo - el "hombre subterráneo" - quien, en una serie de revelaciones en que alternan arrogancia y humillación, se desnuda psíquica, ideológica y moralmente, en una medida quizá nunca antes igualada en la literatura narrativa. Aunque ostensiblemente dirige sus confesiones hacia unos "señores", a quienes habla "como si en realidad fuesen sus lectores", acaba por reconocer lo que el lector sospecha desde luego: "escribo sólo para mí y declaro de una vez por todas que si escribo como si me dirigiese a un lector es sólo pro forma, porque me es más fácil escribir así". La segunda parte de la obra viene a ser la "lección práctica" en que el "ser" del narrador, tal como surge de sus confesiones en la primera parte, se traduce en un "obrar" en situaciones concretas.

Libre, pues, de las trabas que un pudor elemental pudiera imponerle, el "hombre subterráneo" se revela en sus pensamientos y actos como individuo cínico, rencoroso, vengativo, cobarde... a la vez que como un antihéroe de aguda inteligencia y morbosa sensibilidad. Dostoyevski declara en la Advertencia preliminar que aunque el narrador es ficticio "ello no quita para que, atendiendo a las circunstancias en que se ha formado nuestra sociedad, puedan y aun deban existir en ella personas como el autor de estos apuntes". En tal caso hay que suponer que, compensando en alguna medida estas taras morales, el "hombre subterráneo" posee alguna cualidad positiva que lo redime ante los ojos de Dostoyevski. Y así es, en efecto.

Para entender esa cualidad hay, sin embargo, que apuntar previamente a dos ideologías que condena el narrador ficticio, quien en este caso se hace eco de los propios pensamientos de Dostoyevski: esas dos ideologías corresponden a grosso modo a dos generaciones rusas del siglo XIX, la de los años cuarenta y la de los años sesenta.
La de los años cuarenta es la generación romántica, a la que el narrador acusa de hipocresía, ya que bajo exaltación retórica de "lo bello y lo sublime" esa generación esconde un voraz apetito de bienes materiales.
La de los años sesenta es la generación racionalista, cuyo símbolo es el Palacio de Cristal. Según algunos intelectuales representativos de esta generación el ser humano aceptará de buen grado las "leyes de la naturaleza", que eliminando cuanto hay en él de irracional - y por ende, contrario a su ventaja personal - asegurarán de una vez para siempre su felicidad terrena.

En cuanto que la generación rusa de los años cuarenta ensalza hipócritamente vanos ensueños, la de los años sesenta, proclamando el advenimiento de la razón universal, pretendía hacer del ser humano algo así como una fórmula matemática, rigurosa e inapelable, que eliminaría su libre albedrío a cambio de garantizarle la estabilidad, tranquilidad y armonía de una sociedad perfecta.

El narrador rechaza lo uno y lo otro. Tanto en el romántico que hace apología de "lo bello y lo sublime", como el racionalista que aboga por la perfección del Palacio de Cristal son soñadores que ignoran o desprecian la índole genuina del ser humano. Y esa índole radica en la voluntad de éste, en su soberano libre albedrío y en el afán de ejercerlo aun cuando tal ejercicio vaya en contra de la razón y su ventaja personal. Porque la "ventaja más ventajosa" del hombre es hacer lo que le da la real gana, aun a sabiendas de que lo que hace puede ir en contra de su propio interés. Basta echar una ojeada a la historia - sugiere el narrador - para comprobar que el hombre, quienquiera que sea, siempre y en todas partes, prefiere hacer lo que le da la gana a lo que le aconsejan la razón y el interés... y a veces es absolutamente imperativo que lo haga. No hay que esforzarse mucho para ver que, después de su regreso del exilio siberiano, Dostoyevski hubiera suscrito con su propio nombre a esa conclusión.

En los comienzos del relato nos percatamos de que, tras tantos años de vida solitaria en su "madriguera", el narrador es capaz de distinguir lo inventado de lo real. A primera vista diríase que también él es un soñador que se adormece voluptuosamente en sus fantasías, alimentadas en gran medida por la lectura de ficciones literarias; pero pronto descubrimos que él mismo acaba mofándose de ellas, convirtiéndolas en bufonadas. La realidad vuelve al cabo por sus fueros y le constriñe, quiéralo o no, a enfrentarse con ella. Y es entonces cuando todo lo que en él hay de depravación, malignidad caprichosa, crueldad tiránica, a la par que humillación innoble y vileza enfermiza se pone de manifiesto en una serie de incidentes, casi, inolvidables.

I.Amador

lunes, 22 de febrero de 2010

Anoche.



Trozos de la cuerda quemada que se vinieron a deslizar junto a tu almohada. La noche arde, la cuerda hacía un lazo. Un lazo, como de mariposa, de esos que a tí tanto te gustaban.
Ahora ya no está, sólo el dolor de un sueño robado a los pies del mismísimo Morfeo, cruzando linealidad distante, entre tedio y constancia, a la surrealidad de mis instancias.
Él me susurraba. Nadie más lo hacía. Me llamaban "campeón", y me sentía en la cima.
Nadie quiso hacerlo. Pensar era demasiado.
Un problema siempre supo un mundo, pero mi mayor maravilla era procurar, una visión más global.
Si alcanzabas el foco, a tus gustos eran mi calor.
Versiones emuladas de un deseo.
El éxito es una palabra. Si mi mundo eres tú, por qué no rompes los cimientos de mi dolor, y haces con ellos lo que en mis sueños ya lograste.

No me importa si la princesa se volvió puta, si el príncipe mariposón. El caballero sigue andando, se lo dice el corazón.

Omite mis palabras, y capta el mensaje. Las letras de mi deseo, se leen en mis ojos. Data de un sinfín de piezas dantoísta. Como aquellos viejos monjes taoístas, que sin miedo, se suicidaban. No lloraban, no gritaban. De la manera más pausada, arreglaban su existencia, y del mismo modo la dejaban.
El sentido, como todos se preguntaban, no era otro que comprender su papel en éste mundo, y acatarlo con la resolución del práctico,el coraje del idealista, y la seguridad del enrolado en un barco de vapor. Vapor como el del bebé que susurraba metales fundidos entre claroscuros de tu pezón.
Nadie me quiso ayudar a comprender el mundo, o quise verme solo. Me da igual, ahora quiero robar placer, añorar ideales, y mantenerme a flote, con mentiras, actos, y pequeños detalles.

Promiscuas relaciones, las de tu cabello entre mis dedos. Todos quieren ser tocados, todos se enredan con esfuerzo.

Azules son las horas, cuando me adentro en el sopor de la inconsciencia, cuando cruzo el umbral, donde lo consciente se hace enfermo, y lo añorado, realidad.

Pareces despertar de un sueño, y no haces más que suspirar. El peso que tenías encima, ahora ha echado a volar.

Rotos los espejos, donde me vi con sinceridad.
Mi voz es marchita. Doblado el pene, y mi intención. Mentiras y engaños, mi día a día son.





//"Anoche" es el único lapso de tiempo que fue ayer, pero de alguna manera, también la hora más clara del "hoy" más cercano.//

I. Amador

Mercado laboral. Vida y sociedad.




El sujeto R sabe que hay problemas para encontrar trabajo. Está cansado de ir de aquí para alla con el curriculum en la mano, trabajando sólo a ratos y llegando sólo a veces a fin de mes. Es por eso por lo que ha ingresado en el seminario para ser sacerdote. El sueldo es modesto, pero te ofrecen un sitio en el que vivir y tampoco R tiene grandes pretensiones económicas. Sólo quiere una vida tranquila y estable. El trabajo es llevadero; un par de oficios diarios, eventualmente bodas, bautizos, comuniones y funerales, tareas docentes en catequesis y cursillos prematrimoniales, y asistencia al prójimo. R no cree en Dios, pero no considera eso un problema. No es la primera vez que miente en el curriculum. Tampoco es la primera vez que vende las bondades de algo en lo que no cree. El año pasado sin ir más lejos ofrecía puerta por puerta un tratamiento capilar anticaída. El único inconveniente que le encuentra a su nueva orientación laboral es Benita. Ahora tendrá que verla a escondidas.
El sujeto C, por el contrario, va a misa a diario. Eleva sin pudor la voz en los cánticos y se emociona en las partes álgidas de las eucaristía. Enlaza fuertemente sus manos en las plegarias mientras dice con devoción, gracias, gracias, gracias. C tiene formación en teología y probada piedad cristiana en misiones y campañas de ayuda. Al sujeto C le encantaría ser sacerdote, pero no puede. El sujeto C es mujer.




I.Amador

Celos.



Diana se levanta a mediodía. Toma café muy cargado que encuentra preparado en la cocina y un ibuprofeno que saca del bolso; la noche de anoche se hizo larga.
Enciende el móvil. Cinco llamadas perdidas. Cuatro de ellas de Andrés. Un mensaje. También de Andrés. A veces se pone de un pesado insoportable.
Bnos dias cari, cd leas sto dame un tk. Tq. Marca la tecla de llamada con desgana. Andrés es el primero de la lista. Durmiendo, Andrés. Estaba durmiendo. Sabías de sobra que ayer salía con las chicas. Ni preocupado ni leches. Siempre estás igual. Pues beber. Beber mucho. Eso es lo que hicimos. Y follar. Aproveché que tú no estabas para follar mucho y bien. ¿Es eso lo que quieres que te diga? Joder Andrés, entonces para qué preguntas. Bueno, ya hablamos luego, que voy a meterme en la ducha y a comer algo. Que aún estoy en pijama. Yo también. Un beso.
Apura su vaso de café, vuelve a meter el móvil en el bolso y, desnuda como está, entra en la habitación y se recuesta sobre el bulto que hay arrebujado bajo el nórdico. Me tengo que ir, le dice al oído. El bulto gruñe y le regala una caricia que acaba en la entrepierna. Ella responde con un gesto de dolor. Después de lo de anoche, hoy le escuece hasta el alma.






I.Amador