Lanfear

Lanfear
el nudo incólume de mis pensamientos...

viernes, 30 de abril de 2010

Deprimente.





- ¿Es bueno? ¿Mejor que yo?
- Diferente.
- ¿Mejor?
- Más tierno.
- ¿Qué quieres decir?
- Ya lo sabes...
- Explícamelo. ¿Te trato como una puta?
- A veces...
- ¿Y por qué será?



"Los depresivos no quieren ser felices, quieren ser infelices para confirmar su depresión. Si son felices no están deprimidos y tienen que salir al mundo a vivir, lo cual puede ser deprimente."

Siempre gana Goliat.

Misoginia, viene de lejos.



El primero que lo dijo no fue Diógenes el cínico, sino el cíclope Polifemo.

Interrogado por Ulises sobre las razones de su misoginia, Polifemo pronunció el famoso discurso:

"Tener relaciones sexuales con una prostituta cuesta dinero y puede costarte la salud. Tenerlas con una virgen te hace correr el riesgo de que los padres te obliguen a casarte. Amar a tu propia mujer es aburrido. A la ajena, peligroso. A un hombre, repugnante. Yo me libro de todos esos inconvenientes gracias a mi mano derecha".

Y añadió: "Te aclaro, por las dudas, que mi mano derecha no practica el adulterio".

Ulises bromeó: "¿Y tu mano izquierda?".
Polifemo bajó la voz: "No lo repitas, pero soy bígamo".

Las carcajadas del risueño Ulises interrumpieron la siesta de los dioses.

miércoles, 28 de abril de 2010

Biblia.



Siempre me impresionó el alto grado de ignorancia que muchos católicos profesan a la supuesta fuente de su fe, la Biblia. En más de una oportunidad me encontré a mi mismo explicándole a distintos “católicos” distintos versos de sus “sagradas escrituras”. Es gracioso ver la cara que algunos ponen cuando les explicas que por ejemplo en ninguna parte de la biblia se menciona que los reyes magos fueran tres, o que las imágenes de la pasión de cristo, tan vividamente expuestas por Mel Gibson en su película, son en su mayoría imágenes y preconceptos desarrollados en la Edad Media como forma de alimentar el antisemitismo. Punto aparte merece la consideración del rechazo hacia los judíos de una parte de los cristianos cuando el supuesto salvador de toda la humanidad era por sobre todas las cosas un judío.


Por eso en esta entrada me gustaría contar alguna historia que aparece en la biblia y que lamentablemente no tienen mucha publicidad, debido al hecho de que las moralejas que dejan son en el mejor de los casos enormemente perturbadoras.


¿Dónde jugaran las niñas?


Todos conocemos la historia de Sodoma y Gomorra y como su comportamiento pecaminoso llevó a que Dios decidiera redecorar la zona con grandes cantidades de azufre. También sabemos que el único sobreviviente fue Lot y su familia debido a que era bueno a los ojos del señor. Lo que tal vez no es muy conocido fue que cuando los ángeles de Dios vinieron a advertirle, los corruptos habitantes de la ciudad se acercaron hasta su casa y demandaron que entregara a los visitantes. A esto Lot respondió:

“Yo tengo dos hijas que todavía son vírgenes. Se las traeré, y ustedes podrán hacer con ellas lo que mejor les parezca. Pero no hagan nada a esos hombres, ya que se han hospedado bajo mi techo”


Génesis 19-8.



Enorme demostración de la autoridad moral de nuestro protagonista. Es evidente porque Dios decidió salvarlo. Pero la historia no termina aquí. Lot y su familia escapan ya que los ángeles los protegen de la turba, lamentablemente su esposa se convierte en una estatua de sal cuando comete la enorme ofensa de mirar la destrucción de la ciudad cuando Dios expresamente lo había prohibido. Lot y sus dos hijas se radican en las montañas pero pasado un tiempo ciertas ansias empiezan a despertar en ellas.


Entonces la mayor dijo a la menor: "Nuestro padre está viejo y no hay ningún hombre en el país para que se una con nosotras como lo hace todo el mundo.
Emborrachémoslo con vino y acostémonos con él; así, por medio de nuestro padre, tendremos una descendencia".

Esa noche dieron de beber a su padre, y la mayor se acostó con él, sin que él se diera cuenta de lo que sucedía.
A la mañana siguiente, la mayor dijo a la menor: "Anoche me acosté con mi padre; emborrachémoslo otra vez esta noche, y acuéstate tú con él. Así tendremos una descendencia".
Esa noche volvieron a dar de beber a su padre, y la menor se acostó con él, sin que él se diera cuenta de lo que sucedía.
Las dos hijas de Lot quedaron embarazadas de su padre;


Génesis 19; 31-36


Bueno nadie podrá dudar de que esta familia no estuviera unida. Pasemos a las moralejas:


Primer moraleja: No hay nada más sagrado que el respeto por los huéspedes. En cuanto a tus hijas, entrégalas a la fiesta.
Segunda moraleja: Relean el título de la historia.


Sinceramente yo no entiendo el porqué de que junto con los típicos cuentos infantiles, a los niños no se les cuenta la historia íntegra de Lot. Como dirían por ahí es entretenimiento para toda la familia.

Además; ¿no es la biblia la única y verdadera fuente de nuestra moralidad?

martes, 13 de abril de 2010

De los que no son héroes.



Acabo de ver dos gatos asustados salir en franca estampida, y a un niño rubio y pecoso asomarse curioso tras el visillo de una ventana.
Ha sido sólo un segundo, pues una mano de madre lo ha apartado del cristal estirándole del cuello de la camisa.

Tiemblo. Mientras me fijo en que el mediodía está demasiado hermoso para morir, en que apenas sopla el viento y en que quizá si lo hiciere me traería en volandas el eco de las lágrimas de Emy, tiemblo.

Y el miedo me tiene atento. Escucho como en algún lugar piafa nervioso un caballo. Más allá percibo el monocorde compás de una gotera, macándole los tiempos al, de repente, mudo cantar de las chicharras.
Desde dos calles a través, me llega nítido el sonido de la estela que ha dejado el último vecin antes de huir a esconderse en la taberna. He escuchado todas las cancelas de las casas cerrarse de golpe, y he oído a lo lejos el rumor de lo que bien parecía una letanía.

Miro de nuevo hacia la ventana cuyas cortinas vi moverse, y pienso que quizá algún día ese niño rubio hable de lo que va a ocurrir hoy. Quizá lo cuente con ese énfasis que se le da a las historias cuando rozan lo increíble, usando pausas ajustadas y entornando los ojos en un mohín de misterio.
Pensando en ello estoy, cuando las agujas del reloj marcan las doce y el corazón se me detiene, al escuchar como el venenoso silbido del gatillo deja salir la bala.

Tiemblo, tiemblo, tiemblo.

Querer. Querencia.



No se quieren ni mucho ni poco. Tampoco se quieren mal, ni se aburren a cariños. Parece que se gustan, eso sí, y por eso quedan para hacer el amor todos los jueves por la tarde.
Ella prefiere ponerse encima y llevar el ritmo con sus anchas caderas. Como intuye que a él le excita ver cómo se remueve el pelo y se lo enreda mientras follan, de vez en cuando lo hace, exagerando el gesto hasta lo histriónico. También se acaricia los pechos y llega a pellizcarse suavemente los pezones mientras se muerde el labio inferior y mantiene cerrados los ojos. No suele abrirlos porque sabe que él la mira en todo momento, y le da una vergüenza atroz que pudieran cruzarse sus miradas.
Él se acuesta y, sin dejar de observar el más mínimo de sus gestos, la deja hacer hasta que ella acaba corriéndose. A lo más que se atreve, es a agarrarla de la cintura para en cada emepllón arrimársela un poco más a si sexo. Un día se aventuró a darle un par de palmadas en las nalgas, pero como creyó ver un mohín de disgusto en ella, desde entonces no ha vuelto a improvisar nada más.

No hablan. Algún que otro gemido recíproco, pero nunca hablan, como si temieran que el sonido de las palabras quebrara la frágilo consistencia de su extraña relación, tan falta de razones como llena de interrogantes.

Se conocieron hace casi un año, en el metro. A ella se le cayó el bolso y ambos se agacharon a la vez a recogerlo. En ese instante él se fijó en el escote de su blusa, ella lo advirtió, y el rubor les hizo sonreir a ambos. Uno de los dos, ya no recuerdan quién, propuso tomarse un café y, sin saber muy bien cómo ni por qué, acabaron metiéndose mano de forma desbocada en los baños de aquella cafetería. Desde entonces reservan una habitación en un pequeño y moderno hotel que queda a poco más de media hora del centro, todos los jueves por la tarde.

Indiferencia.



El piso de Ángel era pequeño, sucio y olía mal. No es que fuera demasiado viejo, pero todo en aquel apartamento realquilado parecía desgastado, como si una pequeña capa de suciedad se hubiese infiltrado justo por debajo de la superficie de cada objeto.

Tampoco era grande, ni siquiera mediano; un somier oxidado, un escritorio de contrachapado con las esquinas abiertas, dos estanterías apenas cubiertas con revistas viejas y un tubo fluorescente que iluminaba entre parpadeos enfermizos. La cocina conservaba dos fogones ennegrecidos y una nevera cuyo interior presentaba manchas que Ángel no había logrado limpiar. El cuarto de baño apenas dejaba sitio para una mísera ducha sin plato y un servicio minúsculo, tan estrecho y bajo que para utilizarlo casi había que ponerse de cuclillas.

Unos finos rayos de luz atravesaban la única ventana de la casa, puerta abierta a un callejón abandonado donde los yonquis solían terminar las noches espantando a parejas en busca de rincones oscuros.

A Ángel, sin embargo, no le molestaba nada de aquello. Si acaso el papel pintado, azul en sus orígenes, que acumulaba humedades, cucarachas y diversos insectos. Por lo demás, teniendo en cuenta la miseria que pagaba por aquel cuchitril, era perfecto.

Desde la cama hasta la minúscula televisión que tenia encima del escritorio, todo estaba lleno de cajas. Unas veces contenían ojos de muñeca, otras, tapones para tubos de pegamento. La mayor parte del año contenían bolígrafos desmontados, Ángel se sentaba en la cama y los montaba: cogía el canuto transparente, el tubo con la tinta y la punta, introducía uno dentro del otro, colocaba el pequeño tapón en la parte trasera y, finalmente, cubría la punta con el capuchón correspondiente, rojo, azul o negro. Le pagaban a céntimo la unidad, traían las cajas y se las llevaban. Era el mejor trabajo que Ángel había tenido.

Quizás estaba cómodo encerrado en su apartamento porque odiaba a todo el mundo. Blancos, negros, amarillos, mulatos, mujeres, niños, daba igual. Nadie le caía bien, así como no caía bien a nadie. Ni siquiera a él mismo. Las escasas ocasiones en las que se atrevía a mirarse al espejo detenía la vista, casi hipnotizado, en sus ojos vidriosos, su pelo ralo, la extraña forma desproporcionada de su nariz y en las orejas pequeñas, pegadas por completo a la cabeza, que le daban un aspecto inequívocamente desagradable.

En cuanto al sexo, Ángel se masturbaba a menudo; a veces incluso mientras montaba aquellos bolígrafos. Lo hacía lentamente, sin pensar en nada en concreto. Tiempo atrás había intentado practicar sexo con mujeres reales pero ni siquiera pagando había logrado cierto éxito. Llegado un momento tuvo que decidir entre las mujeres y el vino. El vino resultó más barato.

La rutina en el mundo de Ángel era perfecta y sincrónica, apenas interrumpida por las ineludibles visitas al supermercado o por las incómodas inspecciones de su casera, siempre en busca de mayores desperfectos de los habituales. Aquellos minutos en los que esa mujer, sacada directamente de una revista de los años cincuenta, irrumpía en su pequeña burbuja eran interminables; no podía más que asistir impasible a aquella fuerza viviente de la desaprobación, tocándolo todo mientras movía de forma continua los labios, relamiéndose en un tic desagradable.

A parte de eso, y de algún que otro testigo de Jehová ocasional, su mundo estaba reglado, medido y clasificado. Nada entraba. Nada salía.

Hasta aquella noche.

Dentro del catálogo nocturno del piso, Ángel conocía al detalle sus sonidos y ruidos habituales. No eran raros los crujidos de muelles, las televisiones a todo volumen, algún bebé gritando desatendido, grupos de borrachos cantando de madrugada. Los pitidos y frenazos ya formaban parte de una muralla sonora que ni siquiera notaba. Pero una noche, una noche cualquiera del verano, le despertó un grito. Al principio pensó que lo había soñado, quizás una pesadilla, o a lo mejor un ronquido atravesado en la garganta le había espabilado. Luego, aun medio dormido, escuchó un fuerte golpe y la voz de una mujer, desgarrada por el miedo, gritando.

Las paredes del edificio eran finas, casi de papel. Tardó unos segundos en decidir de dónde venía todo aquello. Un fuerte golpe sacudió el techo sobre su cama, moviendo los tubos fluorescentes y arrancando una pequeña esquirla de escayola.

—¡No! ¡No! ¡Nononononono!

Escuchó con claridad retahílas de negaciones, de perdones, de súplicas, y, a cada una que terminaba, de nuevo un golpe o una palmada fuerte.

Eso le molestó profundamente. Aquella situación era claramente una digresión en su rutina. Necesitaba dormir lo suficiente para lograr su cupo de bolígrafos diarios. Era una total falta de respeto. Dudó entonces si golpear el techo con la escoba, esperar a que terminara la situación o subir al piso de arriba para pedir explicaciones.

Decidió esperar. Al fin y al cabo, no tenía ganas de enemistarse con un vecino. La sola posibilidad de discutir con otra persona, de establecer cualquier tipo de relación, aunque fuera una mala relación, le enfermaba.

Un último chillido, más agudo que los anteriores, se quebró con un crujido que volvió a retumbar en la habitación, sacando pequeñas nubes de polvo de entre los rincones de la talla. Se hizo el silencio.

Ángel durmió profundamente.

Durante la semana siguiente la situación se repitió un par de veces, pero nunca su duración logró que Ángel se planteara abandonar el refugio de la cama. Al final, aquellos gritos y golpes pasaron a la clasificación y orden habitual de la casa. Todo en su sitio. Todo medido.

Hasta que por fin, dejaron de repetirse. Ángel no fue consciente de aquella desaparición de molestias, así como ya había dejado de ser consciente de su existencia. Al menos hasta que apareció la mancha.

En el piso de Ángel la humedad era constante, levantaba y rizaba las tiras de papel pintado, dejando al descubierto el cemento arenoso que cubría las paredes. Así que cuando, justo encima de su cama, apareció un rodal oscuro en el techo, no se preocupó demasiado.

Días después la mancha seguía creciendo. Ya no era un rodal, sino una especie de elipse irregular que ocupaba gran parte del techo. Y no sólo el techo, de aquella oscuridad se extendían zarcillos, como venas podridas, que llegaban hasta las paredes, y hasta bajaban por ellas, hinchando aún más el papel pintado.

Si alguien del piso de arriba se había dejado un grifo abierto o montado una plantación de marihuana, desde luego que no era culpa suya. Así que, no sin muchos recelos, descolgó el teléfono y realizó su primera llamada en años. Su casera accedió a revisar el piso. Ángel colgó y contempló la mancha, sucia y silenciosa, creciendo sobre su cabeza.

Ese día no llegó a su cupo de bolígrafos.

Lo primero que hizo la casera al entrar en el piso fue arrugar la nariz.

—Aquí huele a podrío —dijo, esquivando las cajas de Ángel—. ¿Qué tienes, un gato muerto escondío por ahí o algo?

—Yo no, no —tartamudeó Ángel—, no tengo a-animales, seña Luisa. Ya-a lo sabe.

La mujer sacudió la cabeza.

—Pos has de ser tú. Eres el único que me queda en el edificio, tos los demás ya se han ido. ¿Ande dices que está lo del techo?

Ángel señaló la mancha, ahora ya sin forma definida, que les acechaba sobre la cama.

—¡Virgen del amor hermoso! —dijo la casera, santiguándose— ¡Chiquillo! ¿porqué no me has llamao antes? Vamos a tener un tubo reventao o algo...

Sin decir nada más, la mujer abandonó al trote el piso y embocó las escaleras para subir al piso de arriba. Ángel consideró seguirla, pero se limitó a acercarse hasta el dintel de la puerta. Si había un escape de agua tendrían que venir obreros para abrir el techo, y eso retrasaría su producción de forma considerable.

Escuchó las llaves de la casera girar en la cerradura, el quejido de la puerta al abrirse. Luego los pasitos cortos de la mujer al entrar, Ángel siguió su recorrido en su propio piso. Escuchó un chillido y luego de nuevo los golpecitos animalescos al trote de vuelta a la puerta. A los pocos segundos la mujer apareció en el umbral, tenía el rostro hinchado y boqueaba como un pez fuera del agua, buscando desesperadamente el aliento.

—¿Qué sucede? —preguntó Ángel, mientras trataba de sujetarla.

—¡Un muerto! ¡Ay, Dios mío! ¡Qué olor a podrío! ¡Ay Dios! —la mujer hablaba aspirando el aire hacia dentro, sonando como una sordina medio rota.

Ángel acercó una silla y le ayudó a sentarse. Entró en la cocina para llenar un vaso de agua. Muerta, pensó, recordando los gritos de mujer, los golpes, las súplicas, muerta ahí encima. Pues ahora no va a venir gente ni nada, policía, bomberos, ambulancias... En su mente empezó a formarse una imagen dolorosa, decenas de personas corriendo arriba y abajo, entrando y saliendo de su casa, haciéndole preguntas, ¿Escuchó usted algo inusual? , ¿Qué hay en esas cajas?, ¿Es que no notó el olor?

Lo peor de todo es que en realidad no lo había notado. Se había acostumbrado al hedor tanto como a las cucarachas, la taza minúscula y los tubos fluorescentes. Terminó de llenar el vaso de agua y salió de la cocina.

La casera seguía sentada. Tenía el rostro torcido y la lengua, de un asombroso color morado, le asomaba entre los labios. Los ojos se le habían puesto blancos y se agarraba el brazo izquierdo. Ángel observó que tenía las piernas muy tiesas y que se había ensuciado encima. Volvió a la cocina y dejó el vaso de agua sobre la pila. Luego cerró la puerta de la casa, agarró la silla, con la casera todavía encima, y la arrastró hasta la ducha. Acomodó su cuerpo como pudo tras la vieja cortina de plástico y abrió el agua. Dejó que corriera un buen rato.

Durante el día siguió montando bolígrafos, llenando cajas y cajas de ellos; las precintaba con celo y las amontonaba cerca de la puerta. Por las noches veía la televisión, con la esperanza de que las imágenes en la pantalla borraran las penumbras de su habitación.

Un día la mancha volvió a cobrar forma. Un perfil negruzco más intenso que el habitual marcó una silueta humana. Al mismo tiempo, debido probablemente a la acumulación de líquidos, la mancha cobró cierto volumen. Ángel se preguntó cómo sería aquella mujer muerta. O cómo habría sido. Si habría tenido los pechos grandes, el pelo largo; si habría sido complaciente o dulce. Imaginó que era una inmigrante, mulata, con un buen culo que agarrar.

Una noche empezó a masturbarse pensando en ella, mirando la silueta que la descomposición marcaba en el techo.

La casera muerta, por el contrario, no le animaba lo más mínimo. Su degradación fue muy rápida, se redujo a papilla en poco tiempo y fue desapareciendo por el sumidero de la ducha. Ángel abría todos los días el agua durante una hora, y luego echaba encima del cuerpo todos los productos de limpieza que tenía, salfumán, lejía, detergente... El único problema era que le daba vergüenza ir al baño delante de aquella mujer. Se aguantaba todo lo que podía hasta que el dolor se volvía insoportable. Notaba su mirada desaprobadora tras la cortinilla de plástico.

El repartidor de cajas le dijo que o arreglaba lo del olor o no volvía. Ángel sonrió y mintió acerca de unas cañerías rotas. Aunque su rutina no era la misma de siempre se encontraba mejor que de costumbre.

Dejó de contar los días y casi de bajar a por comida. Salía lo justo para no morir de inanición. Su producción de bolígrafos bajó. Perdía mucho tiempo masturbándose, tanto que empezó a notar cómo se le inflamaba el pene. A veces, incluso le sangraba. No podía evitarlo, estaba enamorado. La mancha preñada de mujer le obsesionaba, dormía con ella, se despertaba con ella. Le acompañaba en su trabajo, en su comida, en su vida.

Cuando reventó el techo, Ángel dormía. Dos meses de putrefacción, líquidos y huesos por fin se habían infiltrado tanto en la obra que esta no pudo aguantar más. Se desplomó sobre Ángel en un último beso, una lasciva caricia de muerte inesperada. Gusanos, moscas, tábanos y escarabajos cayeron, como un torrente, sobre las cajas llenas de bolígrafos.

Ángel acabó aplastado bajo escombros y gusanos. Una viga de madera carcomida seccionó las piernas casi por completo, sentía el dolor como algo abrumador, ocupando cada milímetro de su cuerpo. Pero tenía que verla, tenía que despedirse. Alcanzó a reconocer el cadáver, casi exclusivamente compuesto por huesos, entre un montón de gelatina verde y marrón que había caído justo a su lado, sobre la cama.

En su agonía trató de moverse, luchó cada centímetro de espacio para acercarse a su amante imaginaria, hasta que por fin contempló los huesos, esos apetitosos y dulces huesos, dentro de unos pantalones de pinzas, bajo una camisa a rayas, rellenando unos zapatos de caballero y una americana gris. Tocó, desesperado, los restos de una corbata sucia y mugrienta.

Ángel murió pensando en caseras muertas y mentiras, en amores imposibles y contradicciones. En penes.

Para su sorpresa, sólo se sintió ligeramente disgustado.

Le habría gustado terminar con los bolígrafos a tiempo para la próxima entrega.

Películas.



Marie sostuvo la tapa de alcantarilla. Era de las viejas, llena de óxido y con el dibujo borrado, mientras Jean, con su traje de neopreno oculto bajo un mono vaquero, comprobaba que la escalerilla de servicio estuviera en buenas condiciones. No era la primera vez que alguno del grupo elegía esa entrada, pero en ese tipo de construcciones, con más de cien años de antigüedad, había que tomar el máximo de precauciones.

—Todo correcto —dijo Jean, tras hacer presión sobre las primeras barras metálicas incrustadas en el cuello de la alcantarilla—, resistirán sin problemas.

Las luces doradas del alumbrado urbano apenas alcanzaban para distinguir nada en la oscuridad. El barrio, si es que podía llamarse así, hacía tiempo que estaba dejado de la mano de Dios. Edificios de corte chabolista habían sustituido a otros más antiguos utilizando parte de las viejas fachadas en el proceso, fagocitándolas como una bacteria hace con otra. Marie encendió el foco de su casco, lo mismo que Jean, convirtiéndose, por un momento, en mineros preparados a la búsqueda de tesoros enterrados, ahuyentando, tras sus luces blancas, la desagradable realidad de la superficie.

Los primeros tramos de toda exploración resultaban monótonos y aburridos. Lo que atraía a Marie a la catafilía, a explorar los intestinos ocultos de las ciudades antiguas, era la sensación de compartir, por un momento, el secreto y el misterio, aquello por lo que, en otros tiempos, alguien había construido pasadizos y bóvedas, todas ellas ocultas y a la vez tan cercanas al resto de ciudadanos, ignorantes de aquello escondido bajo sus pies. Así que los tramos de alcantarillas, todos ellos perfectamente dispuestos en los planos municipales, construidos con una lógica burócrata y rectilínea, no hacían más que aumentar la ansiedad por llegar al verdadero recorrido, a la entrada secreta, al lugar donde los monstruos urbanos escondían sus leyendas.

Caminaron junto al riachuelo lleno de basura que desaguaba aquella zona, no hablaron mucho, si acaso para comprobar el equipo o los transmisores. Una hora más tarde, hartos ya del mismo paisaje de ladrillos ahumados, llegaron a la entrada. Otro grupo de catáfilos la había descubierto en 1977 gracias a un derrumbe fortuito. Era un agujero, lleno de escombros y aparentemente cegado, de medio metro de diámetro. En realidad no había más que cuatro piedras y algo de arena, lo suficiente para que nadie, si es que alguien se aventuraba allí abajo, le dirigiera un segundo vistazo. Apenas tardaron en liberar el agujero.

El túnel al que accedieron brillaba con un tono dorado debido a las arcillas con las que estaba cubierto. No era muy alto y serpenteaba a izquierda y derecha, creando revueltas y penumbras.

—¿Cuál será la primera sala? —preguntó Marie.

Jean rebuscó en el mono y extrajo el mapa que les habían dejado. En realidad no era más que un bosquejo, cuatro líneas mal escritas con flechas a izquierda y derecha, en cuanto encontraran una sala interesante ellos mismos completarían el mapa para el siguiente grupo.

—La sala del Chartreuse —dijo Jean, volviendo a guardar el mapa—, yo ya he estado allí, pero llegando desde el norte. Apenas pudimos seguir más allá, así que tenemos mucho por explorar.

Siguieron el túnel diez minutos más antes de que, tras otro agujero, excavado ahora en piedra gris, llegaran a una sala más grande. Las paredes y el techo estaban desbastados sin mucho arte, lo suficiente para que cobraran forma, pero lo que daba fama y nombre, a aquel rincón, era un recipiente de piedra maciza, grande como la pila bautismal de una catedral, llena de agua, un agua que reflejaba la luz de los focos en tonos de esmeralda, verdes y amarillentos, como el color del licor del que tomaba nombre.

—¿Alguien te ha explicado para qué utilizaban esta pila? —preguntó Marie, acariciando la piedra, sintiendo el frío que desprendía.

—No está muy claro. Dicen que servía como aprovisionamiento de agua para los ladrones que se escondían en los túneles, o para los trabajadores de las galerías talladas más al norte. Incluso se comenta que podría ser una pila satánica o algo así.

Marie sonrió burlona. Las leyendas sobre los túneles y las sectas eran famosas, sobre todo para ahuyentar a los fanáticos como ellos de los túneles inseguros. Aunque, de vez en cuando, encontraban restos de velas o grafitis, nunca, ningún grupo, se había topado con adoradores del diablo. Con parejas en busca de intimidad, sí, y eso, en ocasiones, podía resultar tan peligroso como la peor de las sectas.

Hicieron fotos de la pila y de las entradas y salidas, tenían previsto hacer un tour virtual y luego subirlo a la página web en la que colaboraban, todo un paraíso para catáfilos de cualquier parte del mundo.

Jean señaló una abertura, esta vez porticada, con un marco tallado en piedra, y marcó su posición en el mapa. Llevaba un GPS, aunque sabía que, en cuanto bajaran unos tres metros más, dejaría de funcionar. Marie confiaba más en una vieja brújula militar comprada de segunda mano, sabía que funcionaría en cualquier parte y no tenía que preocuparse de ella.

El siguiente túnel tenía las paredes pulidas, incluso, en algunos tramos, hasta podía distinguirse un trozo de cenefa o las marcas de puertas jamás construidas, pero planificadas por alguno de los arquitectos del submundo. En teoría toda aquella zona había formado parte de un proyecto religioso, bajo la supervisión de la orden de los cartujos, pero la revolución había dado al traste con la construcción, fuera cual fuera. La siguiente sala llegó antes de lo previsto, quizás el tiempo se hacía más rápido allí abajo, libre de otros seres humanos a los que dedicar su atención.

—Ten cuidado —dijo Jean, unos metros más adelantado que Marie—, parece que hay piedras sueltas. Un derrumbe o algo parecido.

Aquello parecía una gruta, las luces de los dos catáfilos alumbraron una sala de apenas metro ochenta de altura, sostenida por cuatro grandes pedazos de roca que habían dejado sin excavar. El suelo, como había dicho Jean, estaba lleno de piedras sueltas, incluso algún ladrillo cocido, pero, y esa era la principal preocupación, el techo parecía intacto. Si era algún derrumbe, tenía que venir de una pared.

Registraron la sala en busca del origen de aquellos escombros, si la siguiente salida estaba cegada, tendrían que volver atrás para encontrar otra ruta.

La mayor parte de la pared sur parecía frágil. Ladrillos y rocas a punto de desmoronarse, rodeando una forma rectangular, de tamaño parecido a las puertas que habían visto en el túnel anterior.

—Fíjate —dijo Marie, tocando la pared—, parece que está a punto de caer todo este trozo.

Jean se acercó y, sin mucho esfuerzo, arrancó parte de los ladrillos, que parecían embarrados, para dejar al descubierto un trozo de pared pulida.

—Parece que hay alguna corriente subterránea de agua —dijo Jean, palpando el barro que había descubierto—. Le habrá costado bastante romper la pared a base de humedad.

Marie quitó un par de ladrillos más.

—¿Y si ha roto algo más? —dijo, sonriendo de anticipación.

Toda la parte inferior de lo que debía ser una puerta cayó con los últimos ladrillos. No había más que un palmo de altura, pero los dos notaron una pequeña corriente de aire que salía de allí, aire fresco, no viciado. Eso sólo quería decir que habían encontrado la entrada a un túnel nuevo, o una salida desconocida a un túnel registrado. Con un par de golpes más lograron ensanchar el agujero.

—¿Quieres ir delante? —ofreció Jean.

Marie lo pensó unos segundos.

—Mejor vas tú, por si nos espera el escondite del hombre verde, o del ladrón sin cabeza.

—Qué graciosa —bromeó Jean, mientras desaparecía al otro lado, arrastrándose por el barro.

—¿Qué hay ahí? —dijo Marie, impaciente—. ¿Otra sala?

Jean tardó un poco en responder.

—No te lo vas a creer. Ven, tienes que verlo tú misma.

Marie se arrodilló junto a la puerta y se deslizó lo mejor que pudo bajo la piedra. Al otro lado la linterna iluminó unas pequeñas puertas de madera abiertas y unas tuberías metálicas. El suelo era de azulejos y estaba encharcado. Jean se agachó para ayudarle a salir. Tenía razón, no se lo podía creer.

Acababa de salir de debajo de un fregadero. Estaban en una cocina.

—¿Una cocina? —susurró Marie—. ¿Nos hemos metido en el sótano de alguien?

Jean estaba perplejo, no paraba de iluminar la habitación, revelando alacenas, armarios, pilas y hasta una nevera.

—No lo entiendo —dijo al final—, hace un buen rato que mi GPS no marca nada, y no hemos parado de bajar desde que entramos en los túneles. Debemos estar a unos nueve o diez metros bajo la calle.

—¿Y entonces esto qué coño es?

—No tengo ni idea. No había oído hablar de nada parecido.

Marie señaló la pared del fondo.

—Allí hay una puerta —dijo.

—¿Qué quieres, que la abramos? —protestó Jean—. ¿Tú estás loca o qué te pasa?

—No he llegado hasta aquí para quedarme delante de una puerta, la verdad.

No estaba cerrada. Marie apagó la luz del casco, encendió una linterna más pequeña y alumbró un poco, todavía desde la cocina. Abrió la puerta del todo y desapareció, seguida por un Jean nervioso y asustado.

Todo lo que podían ver era un montón de butacas rojas y poco más, si acaso otra puerta cerrada, esta vez de metal.

—Aquí no hay nadie —dijo Marie, encendiendo la luz de su casco.

El fondo de la habitación brilló con luz blanca, reflejando la de Marie. Era una pantalla de cine.

—Hay un interruptor —dijo Jean, todavía junto a la entrada.

Un resplandor suave iluminó la estancia, todo un ejemplo de luces indirectas escondidas en el techo. Las butacas estaban dispuestas como en un minicine, pero separadas entre ellas y con unas mesas de plástico en medio. Junto a la puerta metálica encontraron un armario que, aparte de botellas de vodka y coñac, guardaba un reproductor de DVD y un mando a distancia. Dos cables subían por la pared hasta un proyector de video camuflado frente a la pantalla de cine.

Marie trató de abrir la puerta metálica, pero estaba cerrada con llave.

—Parece que hemos encontrado el escondite de un club secreto —dijo Jean, algo más tranquilo, mientras trasteaba con el DVD—, seguro que un montón de ricachones vienen aquí para librarse de sus mujeres. Beben un rato, fuman sus puritos y se hartan de películas porno.

—Pues me da escalofríos —susurró Marie.

El proyector se conectó con un ruido seco, llenando la pantalla blanca con un azul intenso, casi doloroso a la vista, mientras se calentaba la bombilla.

—¿Qué haces? —gritó Marie.

—Nada, quiero ver el tipo de porno que ven estos tipos. Curiosidad de catacumba.

El proyector hizo otro ruido y empezó a mostrar imágenes. Jean se apoyó en una de las butacas, mientras Marie negaba con la cabeza.

—Eres un guarro —le recriminó.

*******

Los hombres vestidos con trajes de cuero, cuyas costuras, burdas y gruesas, parecían atravesarles piel, carne y músculos, acariciaban a la mujer muerta con lentitud lujuriosa, moviéndose al ritmo de insectos, moscardones verdes de los que acuden a la putrefacción, actuando con reverencia, todo bajo la mirada perdida, ausente en los rincones rojizos de aquella bóveda subterránea, de otro hombre, desgarbado, calvo, de manos ensarmentadas y uñas anormalmente largas, que, enfundado en un abrigo negro, parecía prestar más atención a la penumbra que a la escena, demencial pero de coreografía intachable, que parecía, por momentos, interminable.

Las imágenes eran viejas, rodadas en un blanco y negro de tintes amarillentos, con los bordes quemados y llenas de raspaduras blancas que cruzaban fotogramas de parte a parte, provocando estallidos de luz blanca incapaces de expulsar a las sombras de la sala de proyección, donde la oscuridad se había vuelto tan densa que hacía difícil hasta respirar.

Jean hacía tiempo que había cerrado los ojos, pero aún así la película le traspasaba los párpados como un hierro al fuego, grabándole en el cerebro cada caricia obscena, cada centímetro de aquel cuerpo muerto. Quería que aquello parara, pero estaba paralizado. No ya tanto por el miedo como, y eso le carcomía el alma, por una extraña fascinación, un hechizo que le impedía tanto moverse como abrir los ojos.

Hasta que apareció.

Parpadeó. Los hombres de cuero seguían su baile sobre el cadáver, ajenos a la realidad que los rodeaba, pero el otro hombre, aquel de aspecto ajado, miraba por encima de ellos, hacia algo ajeno, diferente, que se escapaba de su campo visual cada vez que trataba fijar la vista, deslizándose, como una gota de mercurio caliente, entre el párpado y el ojo, dejando una sensación de escozor insoportable.

Poco a poco, con la lentitud de la marea, ese algo creció, ocupando la pantalla entera, proyectando su propia luz, despellejando la conciencia de Jean, limando su alma, aplastando, con suavidad, sus sentidos; no escuchaba ni veía nada. Si acaso sentía frío, entumecimiento, distancia, los latidos de su corazón, aumentando de ritmo, subiendo por su garganta hasta casi ahogarlo.

Se despertó tirado en el suelo enmoquetado, de olor a cenizas y a güisqui, con la boca llena de bilis, la garganta en carne viva y los ojos tan hinchados y doloridos que apenas podía abrirlos.

La pantalla brillaba con una luz azul brillante, todo lo que se escuchaba era el zumbido del proyector de vídeo; Marie estaba a su lado, en el suelo, con el rostro ensangrentado y los ojos arrancados, clavados, como un trofeo, en la punta de sus dedos. Estaba muerta. Jean lo supo nada más verla, brillaba, con cada parpadeo cambiaba de forma, se descomponía allí, junto a él, perdiendo piel y carne, convirtiéndose en un esqueleto amarillento, manchado.

Salió de allí a la carrera, en busca del derrumbe por el que habían entrado hacía sólo unos minutos. El agujero en la pared parecía más pequeño que antes, los ladrillos viejos y las rocas le arañaron el cuerpo, dejando rastros carmesíes, heridas abiertas para que recordara aquel lugar.

Llegó al túnel, el estrecho paso excavado en roca que llevaba desde la Fuente de Chartroise a la Cámara del Dragón, todo salas y recovecos, esquivos y equívocos caminos a seis metros bajo el viejo Paris, refugio antiguo de ladrones y sacerdotes, de bohemios y cadáveres, amantes, fotógrafos excéntricos, fugitivos.

Jean lloraba. Notaba las lágrimas en su cara, arrastrándose por las mejillas, acariciándole el mentón antes de caer, sin control alguno por su parte. No pensaba en Marie, no pensaba en él; lloraba sin más, se dejaba llevar, lo mismo que se arrastraba a trompicones por aquellos túneles por los que tantas veces había tratado de encontrar secretos y maravillas bajo la luz de su linterna.

Así que corría, caía, lloraba y, sin aliento, trepaba por rocas sueltas y corredores cubiertos por los huesos de aquellos que, sin tumba propia, habían sido utilizados para cubrir capillas nuevas bajo catedrales antiguas. Recorrió calaveras y clavículas, corrió entre columnas construidas con brazos y, a cada paso que daba, notaba la presencia, sentía cómo, sin remedio, un pedacito tras otro de muerte se le metía bajo la piel, abriéndose paso hasta sus venas, recorriéndole el pecho y llegando al corazón en forma de latidos pegajosos.

Contuvo nuevas arcadas que le llenaban la boca de bilis y trató de orientarse. La red de túneles bajo Paris era inmensa, con distintos niveles y orígenes, pero todos conectados. Marie le había enseñado a moverse allí debajo, a ser amante de los paisajes prohibidos y las catacumbas. Pero ella estaba muerta. Y él notaba que se le rompía el alma.

No siguió ningún camino, senda o señal. Se arrastró, guiado sólo por el instinto y la desesperación, hacia arriba, hacia el aire fresco, siempre al túnel que parecía reconocer, el que no le hiciera volver a aquella sala donde la muerte soñaba y era soñada por otros.

Metal retorcido, escalera hacia el cielo. Jean iluminó su esperanza en forma de alcantarilla. Veinte peldaños, sucios y olvidados, que nunca habían parecido tan hermosos a ojos de nadie como a los suyos. Trepó, subió tan deprisa como pudo hasta llegar arriba, empujó, peleó con la tapa de hierro que le impedía salir. Logró apartarla. Escapó de la oscuridad, ensangrentado, sucio y condenado.

Fuera llovía.

Las gotas eran negras, caían con fuerza y golpeaban como pequeños alfileres; el viento llegaba a oleadas, caliente, húmedo y maloliente.

Arriba las nubes se movían deprisa, entre muros color sangre, altos como catedrales, que parecían extenderse hasta el infinito, mezclados unos con otros, conectados a través de puentes, arcos o contrafuertes.

Jean trató de alejarse de la alcantarilla, pero no sabía dónde ir, allí, bajo la lluvia negra, se sentía más perdido todavía que antes. Cada parpadeo era un suplicio, notaba cómo si tuviera una aguja al rojo vivo justo detrás de cada ojo, tratando de salir al exterior con cada lágrima, clavándose más y más, rasgando, perforando.

Caminó sin rumbo, buscando refugio junto a los muros de piedra, cubriéndose de la lluvia, hasta que encontró, de nuevo, escaleras, peldaños excavados en la misma roca que subían, en un zig zag desconcertante, hasta las alturas plagadas de caminos entre edificios. Parecían catedrales a las que un filo gigante hubiera cortado por la mitad, dejando a la vista secciones y altares convertidos en potros de tortura, recubiertos de cadenas y palancas.

Subió hasta ver las bóvedas estrelladas y los arcos acabados en lanzas que marcaban puertas cegadas por toneladas de roca sin desbastar, cruzó pasillos suspendidos en el aire en arquitecturas imposibles. Lloraba sangre mezclada con lluvia. No tenía hambre ni sueño, suyo era el don de la vigilia. Se abandonó al camino.

La última puerta que encontró, exenta, bajo una cúpula sencilla de ladrillos, parecía construida en pizarra, negra, fría. Jean sintió por fin el cansancio, las piernas le fallaron y cayó sobre el suelo; no sintió mas que entumecimiento. Los ojos volvieron a sangrarle con fuerza.

Escuchó un rumor, el roce contra la piedra de algo que se arrastraba. Alguien le tocó, pero Jean no podía ver nada. Pronto llegó una caricia. Luego otra. Algo removía su alma allí bajo la puerta negra. Le limpiaron los ojos. Le besaron.

Allí estaba el hombre calvo de manos retorcidas, junto a él los hombres con trajes de cuero ejecutaban su elaborada coreografía, amándole, susurrándole secretos al oído, despojándole de los últimos vestigios de su humanidad.

La muerte se escurrió lentamente fuera de él, atravesó a los hombres, rodeó la puerta, ascendió a la cúpula, desbordó las murallas, ocupó el horizonte.

El hombre calvo sonrió.

Jean respiró profundamente antes de morir, en el suelo enmoquetado, junto a Marie, bajo los últimos fotogramas decolorados de una película soñada.

Sueños (de ésos rápidos y deshidratados)



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definimos el amor, por norma, en binario

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Me quedé a oscuras

Esperándote
.

Araña de la red que me atrapas

En tu página de sex for free

Eres sucia pero me gustas

Dulce araña sex for free

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Ay como te agarre
.

A veces sueño con ovejas eléctricas

y androides que han estado más allá

de Orión.

A veces sueño contigo en un flash

de neón blancoynegro, color imaginario

y me despierto abrazado a un fantasma

unos y ceros de transferencia interrumpida


Sueños de androide

para humanos eléctricos
.

A 1 le falta 0 para ser binario

y programarse una rutina sexy

que dure un nanosegundo de amor

en la CPU

.

Alguien murió dentro de la RV

y me pregunto si quedó allí su alma

castillo encantado de arquitectura

extraña, en una isla perdida

de los mares de Java
.

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Eres el destino, arriba esperas

que te toque

y te baje a mi cama

y te haga olvidar todas esas noches

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escucho como gritas

y llorando cierro las ventanas

de dentro

y abro

las de fuera

Miau.



Miau, dijo, como todos los gatos. Lo hizo con cariño porque era una gata sencilla, pero en sus dos ojos felinos podía adivinar un amor, gatuno, por supuesto.

Desde lo alto de un viejo muro fantasmagórico me observaba, y yo, desde un suelo de lo más común, no podía apartar la mirada.
Reina de los gatos -pensé-, enséñame tus senderos secretos, esos caminos que te hacen desaparecer por la ciudad y robar a los niños sus sueños, lugares que no existen seguidas por las rutas de lo inexplicable. Llévame aunque sólo sea un momento a través de las paredes, de las puertas tachonadas, de los puentes.

Hola. Me dijo una voz que de mujer era, al desaparecer la gata tras un salto imposible.
Ven conmigo. Sonreí. ¿Sería ella la gata, transmutada, transformada, reconfigurada por magia increíble, en mujer de carne y sangre? La dama tenía la mirada brillante, el caminar de ronroneo, los gestos de penumbra y misterio como reclamo. Decidí correr tras su sombra, esquivando farolas y otras luces amarillentas. Siguiéndola giré tres esquinas hacia la izquierda, crucé una avenida cubierta de árboles preñados por palomas, bordeé dos fuentes sin agua y bebí de la ciudad como nunca antes lo había hecho. De vez en cuando me decía ¡Mira!, ¿no es maravilloso?, y lo que antes parecía sucio y abandonado relucía con el encanto de la pura maravilla; otras veces se detenía y cantaba canciones sin letra aque parecía inventarse por el camino, encantando a mendigos, gatos y ladronzuelos. ¿A dónde me llevas?, le preguntaba y ella se reía iluminando callejones con su sonrisa.

Así que caminé con rumbo desconocido, incluso con viento en contra, siguiendo sus pasos de gatamujer, de sueño, de pesadilla suave, durante toda una noche de Sherezade. Persiguiendo el mito de la reina de los gatos, con ojos verdes, gata, gatuna gatomaquia, miau, ojalá dejara en mi espalda sus garras marcadas.

Pero al despuntar el alba, como en todos los sueños, me dormí de nuevo mientras caminaba tras ella en dulce procesión. Y al despertar o dormirme, al mentirme o creer, como sólo los niños hacen, alcancé a ver una gata, preciosa ella, que se alejaba hacia el sueño otra vez. Dejándome allí, con calor en el cuerpo, el secreto de cien calles secretas, una noche extraviada entre silencios y una marca de carmín en la mejilla pintada con recuerdos.

Isis y el velo.



Sin duda, los labios de Amanda poseían la extraña cualidad de enfermar a los hombres, volverles locos, ausentes, noctámbulos, bohemios; con sólo un beso, una palabra susurrada o una risa cómplice, barones, mafiosos y buscavidas sin patria sentían hervir la sangre por sus venas y adquirían, sin remedio, una extraña sensación de vacío justo en la boca del estómago.

Solía frecuentar el Revolution, donde, bajo los mejores y más minúsculos trajes de seda, ese tipo de vestido ligero que oculta y muestra con desigual fortuna, dejaba que hombres, invariablemente vestidos de etiqueta, la invitaran a copas dulces y le regalaran joyas terriblemente caras. Y todo eso sin ni siquiera abrir sus finas piernas o permitir contacto alguno más que alguna caricia, leve y lujuriosa.

Ella era la promesa del placer, la invitación a la lascivia, el deseo, el preludio inevitable de una erección dolorosa; ella era todo eso y más, la idea misma del pecado, la avaricia de los hombres.

En aquellos tiempos yo era un esclavo. Mi amo, un americano rico que ejercía de vagabundo andrógino, maestro de ceremonias, ocultista ocasional y hedonista redomado, frecuentaba los peores locales de Paris en busca de emociones fuertes, retos a su intelecto, carne que dominar o, si nada de lo anterior lograba satisfacerle, láudano, morfina, cocaína, drogas sin nombre y, en casos extremos, venenos suaves como terciopelo.

Amanda entraba dentro de todas las categorías anteriores, las unía y transformaba, las sublimaba como una maestra de la alquimia, conseguía la amalgama imposible; ella era el elixir del filósofo, la gran obra.

Así que cuando la secuestré, ebria de Moët y sueños, procuré seguir las antiguas normas y no tocarla con las manos desnudas; me comporté como un perfecto caballero, traté, con la experiencia que brindaban los años, que la sangre vertida al cortar el cuello de su acompañante no le manchara el vestido. Ella se dejó llevar, ni siquiera se puso nerviosa cuando la acomodé en la parte trasera del Rolls.

—Muestras respeto —fue todo lo que dijo—. Me gustas.

Estaba borracha. Pero aún así su voz me secó la garganta. Seguramente, si yo fuera otro hombre, habría intentado violarla allí mismo. Pero mi anterior amo, un joven jeque, celoso de sus cien mujeres, ya había solucionado el problema con cierto conocimiento oscuro, habilidad y cirugía. Sonreí con tristeza y ella no volvió a hablarme.

La casa de mi amo en Paris estaba rodeada por un jardín de primavera, blanco y virginal, de flores efímeras y olor a especias. Como todos los americanos de la época, se declaraba amante del arte, fuera cual fuera, y por esa razón había colocado entre los árboles obeliscos egipcios, desnudos renacentistas, gárgolas grotescas y delirios surreales. Las medidas y disposiciones de la casa obedecían a cifras sonsacadas a magos racionalistas, confiando en obtener, de esa forma, la protección necesaria. Decía poseer un laberinto de la mente, un mapa de la plástica y el sexo, una senda entre la realidad y el sueño, la verdadera morada pitagórica donde se podía escuchar la música de las esferas; sin duda delirios de un arquitecto fracasado.

Detuve el coche frente a la puerta principal. Mi amo estaba allí, esperando, adecuado y decadente, enfundado en su batín color sangre, recién afeitado su ridículo bigote y repeinado a la moda de los últimos bon-vivants. Mantenía un cigarro mentolado siempre encendido en la comisura de los labios, el humo perfumado se mezclaba con el agradable olor de los jardines. Abrí la puerta del Rolls y Amanda, descalza, con los zapatos de tacón imposible en la mano, descendió al suelo de gravilla mientras la luna, una luna gorda y preñada, redoblaba sus esfuerzos por fabricar penumbras.

El amo sonrió, retiró el cigarro de sus labios y acudió al encuentro de Amanda; recogió su mano y estampó en ella un beso sin demasiada gracia. Ella, simplemente, continuó hacia la casa, haciendo caso omiso de las pequeñas piedras que arañaban sus pies.

El amo la siguió y sus palabras, llenas de lisonjas, mentiras y promesas, se perdieron, ahogadas al encender de nuevo el motor del coche.

*

Según el amo, existían dos niveles de realidad en el mismo mundo. La mayor parte de los hombres malgastaban sus esfuerzos en los placeres mundanos, pero ni siendo el magnífico pecador que él creía ser, su dicha era completa. Sentía que le faltaba conocimiento, comprensión; sólo a través de la morfina decía arañar el velo. Así lo llamaba en sus delirios. La frontera entre lo efímero y lo eterno, entre la carne y el alma, la caricia y el orgasmo.

Algunas noches, esas en las que sentía la desesperación corroerle por dentro, me obligaba a golpearle, a sangrarle, a llevarlo al límite de la experiencia vital. Bajo sus camisas de seda y pantalones de línea marcada, todo eran cicatrices ganchudas y manchas de quemaduras. Se consideraba a sí mismo una obra de arte, un explorador de los sentidos, el único hedonista disciplinado; Hermes Trimegisto reencarnado y doliente.

Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, el velo seguía ahí, ocultando la verdadera naturaleza del placer, sofocando sus orgasmos y atenuando el efecto de las drogas. Sabía que le faltaba un elemento, un catalizador, necesario para acceder, para eliminar la barrera.

Amanda, en toda su gloria mistificada y delirante, se le apareció entre las nieblas del night club, arropada por el aura de las vestales, a la vez entre dos mundos, como una hermosa esfinge conocedora de los enigmas secretos. Ella era lo que necesitaba.

Aunque el amo desconocía las verdaderas tradiciones, yo no podía, de forma consciente, provocar su desgracia. Por eso rendí la sangre de un inocente y mantuve a Amanda inmaculada en su viaje hasta la casa, por eso ni siquiera la toqué. Al ver cómo el amo besaba su mano, supe que estaba condenado; al fin y al cabo cada hombre es dueño de su destino.

Tras guardar el coche, acudí a la gran biblioteca, orgullo de la casa. Amanda estaba sentada, minúscula, en uno de aquellos enormes sillones de cuero, apropiados para banqueros gordos de hígado enfermizo. El amo argumentaba sus propósitos dibujando en el aire senderos quebradizos con una copa de coñac, definitivamente borracho.

—Belleza, la belleza de una estrella, brillante pero esquiva —decía—, que aparece y desaparece del ojo humano, pero que sigue ahí, mostrándose desde el principio de los tiempos, ajena a dioses y hombres, elemental, primaria. Como tus ojos, igual de fríos en la distancia, pero, por naturaleza, incandescentes.

—Está usted loco, señor —contestó Amanda—. Le agradecería que dictara a su criado las órdenes pertinentes para mi regreso.

El amo sonrió.

—Él no es mi criado —aclaró—, es mi esclavo. Y obedecerá ciegamente hasta la última de mis locuras —se giró hacia mí y, tras apurar la copa, sonrió—. Mancíllala —ordenó—, tócala como nadie lo ha hecho nunca. Destruye la pureza, que lo antinatural crezca y veamos si la blasfemia rasga el velo.

Obedecí. Ella no era más que una niña a mi lado, su piel blanca, cristalina, servía de contraste a mis antebrazos negros como el carbón. Apoyó la cabeza bajo mi mejilla y pasó el brazo tras mi nuca mientras yo, odiándome, buscaba senderos nuevos en su vientre, bajando la mano más y más abajo, hasta sentir su sexo, vértice creador; su pecho subía y bajaba acalorado, la sangre acudió a sus mejillas, los pezones se sonrosaron coronando la excitación. Entreabrió los labios. Gimió.

Éramos ángeles sucios, sin alas, avatares, peones de dioses superiores suspendidos entre los mundos. Por un momento fuimos arte, cuadro, tapiz, escultura.

El velo se rasgó sin más noticia que la de un parpadeo, dejando pasar la luz de la luna, transformando la realidad en un punto fijo, convirtiéndonos, amantes imposibles, en ángulo abierto del que nacía el resto de la creación.

Ella era Isis desvelada y yo un esclavo, pero nunca, en mis años de existencia, me había sentido tan libre.

Las proporciones pitagóricas de la casa se abrieron, mostrando escaleras hacia las doce casas celestes y treinta puertas que daban a las antiguas provincias de Egipto. Detrás de cada una de ellas se oía rugir a un dios enfadado.

El amo gritó atemorizado. Sin duda imaginaba una realidad menos carnal que la que se avecinaba. Amanda, Diana, Isis, Madre, nueva y vieja diosa, abandonó mi abrazo y miró, con sus ojos de noche, la necesidad corrupta que animaba el alma de aquel hombre infeliz.

—El velo —logró balbucear—, ¿ha caído? No siento nada, nada en absoluto. ¡No puede ser así!

Isis desvelada levantó la mano, extendió su palma hasta el pecho del amo y lo atravesó sin esfuerzo. Le arrancó el corazón, palpitante, hinchado por venas negruzcas, y frotó con él su rostro, sus pechos, experimentando el mayor de los placeres mientras el hombre se consumía entre espasmos de dolor.

Tras un ligero mordisco, la diosa me entregó la víscera, todavía caliente.

—Eres libre, Djinn —dijo, obsequiándome con una sonrisa—, puedes ir donde quieras. Gracias por respetar las viejas tradiciones.

—Ha sido un placer, mi diosa.

El velo había caído, pero la noche lo traería de nuevo. Madrugadas como aquella traían malos sueños que los hombres jamás lograban olvidar, pesadillas sin nombre, como yo mismo era.

Ella abandonó la casa, caminando descalza entre añoranzas y oscuridades, por encima de penumbras, acompañada de duendes. Yo me quedé allí, contemplando los restos mortales del que había sido mi último amo. Recordaba bien cómo, mediante engaños, había averiguado mi verdadero nombre y atado a él su voluntad. Me había arrebatado el desierto, las estrellas, el sol ardiente y la noche helada.

Poco a poco volvió la realidad, desvaneciendo la ilusión de tabla esmeralda, de magia única, en que se había convertido la mansión. Desaparecieron las antiguas sendas, las puertas, los pasadizos. Contemplé el cuerpo de mi antiguo amo sobre el mármol enjaezado, inerte, frío, aparentemente tan lejano.

Invoqué su Ka, reviví el cadáver, recreé su mente.

—Existen otras formas de rasgar el velo —le dije, mostrando los dientes, de nuevo largos y afilados—. Exploremos juntos —le propuse, desgarrándole el muslo derecho con mis garras—, la eternidad, la blasfemia y lo imposible carecen de sentido sin perspectiva. Ahora tendrás esa perspectiva. Cada noche.

Su mirada se torció de puro dolor, vació la vejiga de forma involuntaria, trató de moverse sin conseguir más que un espasmo ridículo. Le rompí el cuello como si fuera una rama podrida. Volví a repetir todo el proceso.

Existían tantas formas de rasgar el velo...