Lanfear

Lanfear
el nudo incólume de mis pensamientos...

lunes, 31 de mayo de 2010

La piedra.




Ella ha quedado con los brazos en cruz, desparramada entre su propia desnudez. Una sonrisa muda en la boca, los ojos cerrados de pura agotamiento y las sábanas en revoltijo caprichoso por entre sus piernas.
Las primeras luces se filtran ya por las rendijas de la persiana. La noche, en un alarde de insensata complicidad, salió estrellada y tibia, con lo que esta mañana promete ser de una luminosidad hiriente.
La habitación, llena de despojos como un campo de batalla, huele a alcohol eximiente y a alma derrengada.

Él ha abierto los ojos, espeso. Ayer cayó de nuevo en la torpeza de volverle a jurar amor sincero. Y luego follaron. Así que, aturdido aún tras esta noche de excesos y de promesas mentirosas, ha tratado sin demasiado éxito de aliviar su resacosa conciencia acariciando durante un segundo el hombro de la chica.

Ojeroso, se ha incorporado del lecho con cuidado de no despertarla. Quería verla con esa perspectiva que tiene el amante que vence a la traición, con lo que antes de coger la ropa del suelo y salir de puntillas del dormitorio, de pie frente a la cama y en un abrupto e insultante picado, se ha fijado en su rostro enamorado y crédulo.

A punto ha estado de acercarse a ella y escribirle con el dedo en su vientre la palabra adiós, aprovechando las gotas de sudor que la recorren. Pero no se ha atrevido.

domingo, 16 de mayo de 2010

Camas.



Unos de los seres más importantes para entender
nuestro paso efímero por la vida son las camas.

"¿Qué es una cama?", se pregunta la gente que no sabe
lo que es una cama. Para el ojo inexperto una cama no
es más que ese animal cuadrúpedo cubierto con una colcha
que hay en los dormitorios y que sirve para darse un
golpe en el dedo meñique cuando estamos descalzos. Pero
una cama no sirve sólo para eso, la cama tiene un fin mucho
más noble: guardar las pelusas de polvo.

"¿Y qué son las pelusas?", se pregunta la gente que no
sabe qué son las pelusas. Las pelusas son la vida que pasa.
Cuando dormimos, las camas absorben nuestro cansancio
y lo expulsan por abajo, convertido en pelusas. Por eso debajo
de las cunas hay tan pocas pelusas, porque los bebés
no descansan en las cunas. Gritan, lloran, dan patadas...,
pero el cansancio no lo sueltan, se lo quedan ellos. Y luego
se duermen por ahí, encima de cualquier cosa. Por
ejemplo, encima de una abuela... Si os fijáis, las abuelas
tienen el cutis lleno de pelusilla, porque se les duermen
los nietos encima.

No es lo normal, pero se han dado casos de bebés
que se han quedado dormidos varios días sobre una abuela,
y han dado lugar al llamado «efecto algodón de azúcar»,
que es cuando la pelusilla de la abuela se funde con el cardado
y la abuela entera parece un capullito de seda del
que acaba saliendo una mariposa. Ya digo que no es lo
normal.

Después crecemos y nos pasan a una cama normal.
Una cama nido, por ejemplo. Una cama nido siempre decepciona.
Oyes hablar de la cama nido y te imaginas algo
en un árbol. Luego la ves y piensas: «Como no rompa el
edredón de plumas...».

La auténtica cama nido es la del piso de estudiantes.
Más que «nido» es «cama madriguera». Esa cama hecha
por la madre del estudiante el día que lo deja en la ciudad...
y que no se ha vuelto a hacer jamás. Se va convirtiendo
en un amasijo de sábanas, mantas, colchas, CDs de Rock, apuntes... Ahí el estudiante vigoroso
horada una madriguerilla y se duerme agazapado como un
hámster. Esa cama tiene debajo unas pelusas como la barba
de Valle-Inclán, unas pelusas de polvo con denominación
de origen que si las tapizas te puedes hacer un puf.
El estudiante es un ser lleno de vida y cada día que
pasa deja debajo de la cama gran residuo vital de pelusas
de polvo. A veces en la cama del estudiante duerme una
estudiante chica, hacen el coito, y eso supone dosis extra
de polvo.

Pasa una cosa muy curiosa cuando unos estudiantes
hacen el coito en una cama madriguera de estudiante.
Hace ruiditos, «ñiqui, ñiqui, ñiqui...», y se molesta a la
persona que está en la cama del piso de abajo. Cuando
uno está en la cama y se oye a los de arriba hacer el coito,
molesta mucho, pero no porque no te dejen dormir, no.
Molesta de envidia, porque ellos están haciendo el
coito y tú no. De hecho, si tú estuvieras haciendo el coito,
no oirías sus ruiditos y serías mucho más feliz. Los
colchones de agua se inventaron con este silencioso fin.

Aunque no sé qué es peor, si sufrir ruiditos o sufrir goteras.
Lo realmente terrible es una gotera en una litera:
eso significa que tu hermano se ha vuelto a mear.


Conocemos poco las camas y están llenas de enigmas:
¿cómo se hace el colchón de una cama redonda? ¿Se
coge un colchón normal y se tira rodando por una montaña
de lija? ¿Dónde se pone la almohada en una cama redonda?
La verdad, para lo que va a durar ahí...

Ahora, con el futón de Ikea, se ha puesto de moda poner la cama en el suelo.
¿Dónde guarda las pelusas la gente que tiene la cama
en el suelo? Eso tiene que salir por algún sitio. A lo
mejor le hacen una gotera de pelusas al vecino de abajo.

Las pelusas son las escamas de piel, los pelitos..., la
vida que se nos cae a lo largo de un día. Si no las barriéramos,
al final de una vida podríamos reconstruir nuestro
cuerpo otra vez y ser inmortales. Es bonito. Una cochinada,
pero bonito.

¡Fuego!



Entre las tareas asignadas, el sargento José Periáñez, jefe del pelotón de ajusticiamiento, tiene la de matar espías.

En los casi tres años de guerra que se llevan, sólo se ha acribillado a desertores o estraperlistas, de ahí que el inminente fusilamiento del primer espía, sea un acontecimiento que llene de alboroto al pelotón y de orgullo a su sargento, quien a falta de otros caprichos, encuentra verdadero solaz en el encargo de ejecutar sentencias.

Hombre solitario y de mal gesto, del sargento se sabe poco. Su ficha dice, que enviudó tras perder a su mujer en un accidente de tráfico del que él mismo tardó horrores en recuperarse.
Sobre este tema, tabú entre la tropa, se ha especulado mucho, sin embargo. Algunos aseguran que Periáñez estampó adrede el coche contra un árbol, tras haber sorprendido a su mujer, menuda y graciosa como una sonrisa, en brazos de alguien de su entorno; quizá un amigo o quizá un familiar. Del resto de su familia o de su pasado, más brumas que claros.

La semana pasada se condenó a muerte al Barón, un quintacolumnista que llevaba jodiendo la marrana desde casi el inicio de la contienda.
Éste, del que se desconoce su verdadera identidad, es un tipo gallardo, de cara aniñada y ojos verdes que, mientras ejerció de falso oficial, se fue tirando a la mayoría de las esposas del alto mando, siendo precisamente en las alcobas donde se proveía de la información que después pasaba al enemigo.
Hoy, con los ojos vendados y magullado por los palos que le han propinado, permanece aterido a escasos diez metros de la punta del sable del sargento Periáñez, quien le observa inmisericorde y hasta, se diría, satisfecho.

Jarrea. Bajo los capotes caquis, los cinco fusileros que componen el pelotón, se encuentran dispuestos marcialmente y esperan ansiosos la orden de mando. La compañía entera, comandada por los miembros del tribunal togado y el capellán, es testigo mudo del acto. De espaldas al paredón, el Barón tirita y gimotea como un bendito.

Carguen. Grita Periáñez. En el preciso instante en que los cerrojos de los fusiles acatan la orden, el condenado ha levantado la cabeza, hasta entonces sometida por el miedo. La voz del sargento parece que le ha sonado familiar.
Apunten. Prosigue el sargento con el macabro ritual cuando, de pronto, y ante el estupor de la concurrencia, la voz del joven maniatado rompe entre lágrimas el respetuoso silencio que acompaña a la justicia. Pepe. Se le oye decir entre balbuceos. Pepe, coño. Eres tú. Soy yo. Juan. Tu hermano.

Entre sueños y vapor.



Apenas quedan un par de minutos, y una voz metálica y cruel anuncia la inminente partida. Es el ir y venir de equipajes, las estrecheces que forman las prisas, los adioses con la mano. Es la vida sobre raíles.

Él, desencajado por el miedo a la pérdida, alcanza el andén a la carrera. Ella lo ve llegar desde el interior del vagón. Su rostro, mínimamente maquillado, no es capaz de ocultar que anda confusa por culpa de ese, siempre, desconcertante amancebamiento entre el deseo y el remordimiento.

Ambos cruzan la mirada durante un segundo y, antes de que ella decida bajar un instante del vagón para despedirse, no pueden evitar que el recuerdo de la última caricia les provoque una sonrisa de alivio. Ella es mayor que él. Él es más apasionado que ella.

Te ibas sin despedirte. Lo siento. Te quiero. He de irme, me esperan. Por favor, mi amor, quédate.

Y antes de que pueda responderle que no, que su vida está en otro sitio, y que lo suyo sólo ha sido una hermosa locura, el tren se aleja concediéndole una hora más a lo imposible.

Una última hora en la que el hombre intentará echar el resto para convencerla de que es amor lo que les une, y la mujer luchará encarnizadamente contra la sosa razón que vigila su conciencia.

Una última hora más en la que, irremediablemente, habrán besos furtivos, frágiles promesas, y un desenlace más o menos esperado.

Parte el tren y, de repente, el hombre tiene frío. Manos en su gabán, desanda la noche y se aleja de la estación. Cabizbajo y solo, ha de esforzarse por reprimir el llanto, pues se ha dado cuenta de que todas sus esperanzas se han desvanecido en esa hora imprecisa en la que se debaten las despedidas, en esa hora en la que los trenes anuncian su irremediable marcha, y en la que los relojes palpitan emocionados.