Lanfear

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el nudo incólume de mis pensamientos...

sábado, 9 de octubre de 2010

Esquinas silenciosas.



Una vez rendida al sueño, Quique le acapricia la espalda en un gesto ciertamente amoroso.
Bárbara lleva un tiempo sumida en la duda. Un tiempo de lloros fáciles, de enfados contínuos y de recordar con nostalgia aquellos dulces escalofríos que acabaron convenciéndola para que hiciera las maletas y se viniera a vivir con él. Ya va para dos años de eso.
Ahora ya no le complace el sexo furtivo, pero rutinario, que desde hace ya varios meses viene teniendo con Raúl, el padre de uno de sus alumnos en la academia. Se aburre. No encuentra acomodo en el hacer, ni tampoco en el no hacer. Se le amontonan los silencios, se le escapan las angustias y se le olvidan las sonrisas. Sin saber cómo ni cuándo, a Bárbara se le han marchitado aquellas floridas ganas y se le han emborronado los viejos deseos. Y está como ausente.

A Quique le cuesta horrores entender ese absentismo emocional del que no consigue sacarla ni con un beso intencionado, ni tampoco con otro gesto adusto, o amable. Se pierde en complacerla, reedita en vano antiguas caricias y propone planes en común que desconoce que son imposibles. Últimamente hablamos poco, cariño, y casi nunca follamos. Le repite preocupado, sin recibir otra respuesta de ella que no sea una mirada entre culpable e incapaz.

En cualquier caso, ninguna de esas noches en las que tras el llanto mudo queda a merced del sueño, Bárbara llega a percibir como Quique se echa a un lado y le acaricia la espalda en un gesto de entrega inequívoco, un gesto ciertamente amoroso.

Berrinches.




La niña, porque no es más que una niña de curvas atrevidas, ya es sin embargo mujer de vodkas a las cinco de la tarde, de roces con hombres de galones y necesidades perentorias. También es un pelín inconsciente, bastante rubia, y por momentos simpática.
Es de esas mujeres que se muerden el labio inferior cuando quieren que las quieras, y también de las que se hacen acompañar a todas partes por un pequinés, de esos que se dejan vestir y hacer trenzas en el pelo sin ladrar.

Laura es tan joven y dispuesta, que le sientan bien hasta los moratones que le salen por los golpes que le pega el celoso soldadito con el que se casó, hace ya varios meses y demasiadas discusiones. Ambos no se quieren, eso está claro, pero no cabe duda alguna de que están hechos el uno para el otro. Mientras él mataría por defender su apacible profesión, Laura, que no llegaría al luto si a él le condenaran, sí que echaría de menos sin embargo, esa mirada autoritaria y rendida que él le dispensa cada vez que sus caderas se insinúan a otro hombre o sus pestañas abanican otros sudores.

La otra noche hubo un tiroteo en el "Lumberjack" y Barney, el dueño, ya no pondrá más martinis. Los testigos apuntan a que Laura celebró cada bola extra conseguida en el pinball, bailando descalza frente a Barney las serpenteantes notas que emitía la Jukbox. Sonaba Duke Ellington. Claro.

Exigencias.



El príncipe, guapo a rabiar, le sonríe mostrando la ristra de perlas blancas de su boca. Eres tú, exclama haciendo una grácil reverencia. Voz suave y varonil. Brillantes mallas que le vienen como un guante, marcando gluteos, cuadriceps, gemelos. Pelo sedoso. Aliento fresco. La muchacha harapienta se mira el pie y le devuelve la sonrisa. Demasiado tacón, y el material de cristal no es nada cómodo, pero no hay duda de que es de su número. Y por él no le importaría ir dando todo el día taconazos por el reino. Las dos hermanastras dan un gritito y se abrazan dando saltos. Al principio habían puesto mala cara, pero ahora empieza a seducirles la idea de tener a disposición una habitación de invitados en palacio. La muchacha harapienta sale corriendo - como buenamente puede, pues tan sólo lleva puesto un tacón -, se mete en la habitación contigua y vuelve a salir apenas unos segundos después llevando en la mano un zapato viejo con un par de remiendos, la suela gastada y los cordones rotos. Se acerca al príncipe y, con gesto emocionado y las mejillas sonrosadas, le extiende el ajado zapato. Te toca.