Lanfear

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el nudo incólume de mis pensamientos...

viernes, 13 de mayo de 2011

My Own Private Idaho (Gus Van Sant 1991).


Esta es una historia de un director de cine en el limbo entre el cine independiente radical y el comercial medianamente atrevido, entre la necesidad del ser del artista y del comer cada día, de realizar su obra y su visión y conseguir financiamiento para sus proyectos. Un autor con una pata en el Drugstore Cowboy, epítome del cine de yonkarras marginalmente comercial, y Mala Noche, otro ejemplo de cómo puntuar alto en todo aquello que repele el cine de masas. Y también una historia con personajes de Shakespeare con mucho veneno para los ojos y música para los oídos.

Me gusta ubicarlo en el limbo para no usar palabrotas como Liminalidad, poco apropiada para este blog, y porque en realidad no me interesa hablar sobre los ritos de paso, las formas de atacar la madurez creativa y personal ni el viaje de descubrimiento de las raíces culturales de cada ciudad, estado o persona. Pese a los defensores de esta tesis, prefiero pensar en el Limbo como la creación de un espacio vital permanente donde antes no lo había, un estado intermedio entre el cielo y el suelo, donde es posible vivir continuamente y no solo en tránsito, haciendo de la desorientación total la bandera patria, el rechazo o incapacidad de entrar en cualquiera de los mundos perennes y de vivir, mas con la negación de ambos que con la mezcla, de los mundos de origen y destino.

Porque de esta forma Mi Idaho Privado se convierte en exactamente esto: la historia de una desorientación temporal convertida en estado permanente contrapuesta a un lugar de paso en el que hacer una película puntual. Por eso el personaje Mike Waters es un Narcoléptico que trabaja de noche, identifica Caras Jodidas en las carreteras, se dedica a la prostitución y persigue un par de sueños bastante improbables. Su compañero de viaje en esta Road Movie en cambio es la pura esencia de la transición planificada y ejecutada a golpes, Jack Favor, el aventurero temporal que sólo entiende de estados puros sin transición alguna y sin presencia apenas en el limbo que rodea a otros personajes. Todo o nada.

Henry IV es una obra bastante compleja, hasta Welles se atragantó un poco con sus Campanadas a Medianoche, que no sería bajo mi criterio su mejor película ni una gran adaptación de Shakespeare, pero sí bastante laboriosa y agradecida. Con su Falstaff privado, el pervertido, loco, Dios Drogadicto y Señor del Submundo de Portland Bob Pigeon. Pese a que el mayor duelo verbal entre el Herederero y Bob, resemblando a sus originales de Welles, fue cortado y sólo está disponible como escenas eliminadas antes del montaje y con audio de directo, Van Sant sí tuvo tiempo de regalarnos su particular homenaje a Falstaff en forma de una cerveza fresca, aunque haga falta un nivel de zoom bastante gordo para verlo en el fotograma.

Pero este Idaho no es una simple transposición a nuestros tiempos de dicha obra, eso sería ignorar al personaje central y a todos los mitos y fuentes que Van Sant acapara sin piedad: es una Road Movie con un pertardo de moto y un ligero toque gay – poco más que lo que Thelma & Louise tiene de lésbico – es una Buddie Movie sin negro chistoso (para eso está Udo Kier en el papel de alemán), drama de yonkies sin pasarse demasiado (para eso ya tienes a un personaje que se coloca sólo con el estrés de vivir) y el resto es drama familiar, social y documento de la vida en la calle narrado por sus propios habitantes, convertidos de mendigos (a lo poco) en figurantes de la noche a la mañana. Por no hablar de tomarle prestados a Kubrik sus escenas de sexo y los créditos finales de la Naranja Mecánica. Y con estos planos primeros, picados, anchos, cuadrados y redondos a cada cual mas rebuscado. Marca de la Casa.

Del estudio del metraje eliminado y los planes productivos se atisba que era una obra más coral en sus inicios, con más peso en las calles de Portland y en su fauna, pero que fue poco a poco devorada por Phoenix, Reeves y Richert, a medida que éstos le empezaron a sacar jugo a sus personajes. Esta es otra improvisación planificada, otro ejemplo de limbo de guión, con más contenido en el blanco de entre sus líneas que dentro de ellas. Otro espacio límbico ideal para soltarle la correa a Phoenix y ver su valía, que era mucha (antes de esa extraña sobredosis de verdura) en un papel que dan mareos sólo de pensarlo. Incluso Reeves tiene su momento de soltarse la melena, pese a que parece tremendamente robótico hasta cuando se pone tierno, pero puede llenar el escenario con el amplio espectro de su personaje, más complejo y con mas conexiones con el mundo real, pero siempre a un paso por detrás de cualquier sensación que nos pueda deparar el otro.

Otra cosa muy límbica es la deliberada mezcla de estilos de Van Sant, tan capaz de regalarnos un travelling majestuoso tirando de burra por una mísera cafetería como de meterse él mismo, cámara al hombro, a seguir y ser los ojos de los personajes, ojos curiosos que no sólo captan el movimiento sino también el pensamiento, usando esos primeros planos subjetivos tan emocionantes y característicos. Un ejercicio de empatía entre el personaje y el espectador y un pequeño desafío para poder rodar escenas totalmente diferentes con paradójicamente el mismo personaje y la misma situación bajo distintos estados de marginalidad y confusión. Pero es evidente, sin mirar muy en detalle, que la contraposición entre tales estilos no es nada casual, forma parte de esta confusión planificada como queda patente en las escenas finales, con la historia de Favor rodada con fría sobriedad y la de Bob calificando para un nuevo estilo de cámara loca . Pero es que ya estamos cerca del final, hay que ir cerrando historias y dejar la película donde empezó, con un ciclo completado a las espaldas y de cara al siguiente, que nunca se filmó y pero que seguirá en la mente del espectador durante largo tiempo.

En fin, un festival de sensaciones, planos molones, historia entre realista y pasada de vueltas, escenas memorables, diálogos de libro y otros de coco, quizá un poco obsesionado todo con la música folk americana, Portland y lugares emblemáticos de Gus que quizá no se transportan demasiado bien pero que la hacen mas atemporal y solitaria, de modo que sin haber estado ahí, todos podamos seguir añorando Idaho.